Simplemente fútbol

«Y una ola cubre todo el continente

y se olvidan por un rato las heridas,

y es que el fútbol late al ritmo de la gente…

Simplemente fútbol, simplemente vida.

Suena el silbato y yo me escapo del mundo… Simplemente Fútbol!!!

Mi alma contenta por noventa minutos… Simplemente Fútbol!!!

Si no hay partido me deprimo y me hundo… Simplemente Fútbol !!!» — Ignacio Copani

Hay meses en que la Tierra olvida sus viejas bregas y decide girar, no alrededor de su propio eje, sino alrededor de una esfera de cuero. Es un misterio casi litúrgico: durante treinta días el tiempo se suspende, las agendas pierden su prisa profana y la gente se acomoda para ver cómo veintidós tipos persiguen la infancia. Durante cuatro semanas habitamos una casa común donde todos nos entendimos sin rodeos, hablando ese lenguaje de la pared en el área chica, el centro al segundo palo y la gambeta endiablada.

Porque el fútbol verdadero nunca fue solo lo que pasa en la cancha durante noventa minutos. Su milagro auténtico ocurre en la calle. Es esa dicha de encontrarse con los parceros en el estanquillo de la esquina, destapar una pola bien fría en la acera mientras se arma la recocha y nos agarramos en discusiones acaloradas por un cambio mal hecho; son las tardes que se nos van volando entre risas y sueños compartidos. Es la magia de ver a los ídolos prestándonos sus guayos para tocar el cielo por un rato, haciéndonos olvidar el chicharrón de la vida diaria.

En ese altar pagano, le debemos un párrafo al de siempre: Lionel Messi. Fuimos testigos de su último baile, un regalo del destino que guardaremos como se guardan las joyas en el cajón de la mesa de noche. Lo vimos jugar como si fuera otra vez un pelado de barrio, desafiando al tiempo con un físico intacto y el corazón renovado. En cada toque sutil, no había cálculo comercial ni vanidad, sino la pureza del pelaíto que ama la pelota y la trata como a una vieja amiga a la que jamás se traiciona.

Fue la belleza sin estrados de un Mundial inolvidable por la garra de Cabo Verde, la dignidad de Haití o el toque de España y la pasión de Argentina. Lástima que esa fiesta sagrada la mancharan los de arriba. Resultó indignante ver el descaro con el que Gianni Infantino convirtió el torneo en un circo político, arrodillado como un lacayo sin vergüenza ante los caprichos de Donald Trump y el poder. Quisieron adueñarse de lo que es del pueblo, prostituir el juego entre apretones de manos y discursos inflados. Pero como decía el Diego con esa rabia santa que tanta falta nos hace hoy para enfrentarse a esos hijos de puta corruptos y poderosos: «La pelota no se mancha». Por más que la ensucien desde sus palcos de cristal, el juego le sigue perteneciendo a los de abajo.

Sin embargo, todo lo lindo cuesta. Hoy es lunes, el día después de la final, y nos levantamos con una sensación maluca de orfandad, una tusa del alma que no se quita ni con un tinto cargado. El televisor del estanquillo vuelve a transmitir el noticiero gris de siempre, las sillas de plástico ya no se juntan en la acera y la conversación del barrio recobra su ritmo cansino. Nos queda este vacío en el pecho y la certeza melancólica de que habrá que esperar cuatro largos años para volver a ser así de felices. Pero qué importa el guayabo si fuimos testigos de la gloria.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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