Samizdat + Soma = GTA VI

El Entretenimiento [samizdat] había aparecido en New Iberia, Louisiana. (…) Todas esas personas están ahora en salas de hospital. 

—David Foster Wallace, La broma infinita

Se despertó sobresaltado y todavía era de noche. Luna menguante. Su sueño lleva años siendo intermitente; ya se acostumbró. Sus amigos lo saben, por eso no le sorprendió que el celular vibrara a esa hora propia de las apariciones del diablo y viera una llamada dibujada en la pantalla. «Pericles no aparece», le dijo sin siquiera saludar o conjurar el «aló» que de antaño sirve como implícito test de verificación contra robots. Prendió la lámpara del nochero. Al otro lado de la línea lograba escuchar su agitada respiración como de un viejo ferrocarril de cordilleras. 

—Tranquilo —le dijo una vez. 

—Llevo toda la semana buscándolo y nada, no aparece.

—Tranquilo —le dijo otra vez.

—Tampoco le entran las llamadas ni los mensajes ni nada.

—Tranquilo —le dijo otra-otra vez.
-—Ya no aguanto, no he podido cerrar los ojos, ¿qué tal que le haya pasado algo?

—¡Tranquilo! —le gritó esta vez, con la impaciencia propia de quien mal duerme—. Pericles se fue —y procedió a leerle el mensaje que les dejó con lápiz, pronosticando esta llamada:

Insulsos secuaces de adornos navideños,

No son ausentes los tiempos malos donde aparecen valientes, sonrientes, risueños, bienpeinados, empoderados, impertinentes, vanidosos, calígulas, injustos, extranjeros presidentes. 

Tiempos como de un silencio que se instala en los aposentos de una ya vieja diosa tras su parto fallido. 

Tiempos como de un silencio de cielos azules en formas vacíos y patentes estrellas sin constelaciones.

Tiempos como de un silencio de quebradas, riachuelos y nacimientos que en otros tiempos saciaron la inagotable sed de vastos imperios en justicia abundantes hoy ahogados bajo un pavimento de olvido y peatones en pasos perdidos. 

Tiempos estos vanos tiempos donde tanto cuanto y tanto, tanto se dice, se aporta, se habla, se afirma, se apuntala, se señala, se advierte, se afirma, se habla tanto en el presente del indicativo y tercera persona del singular que es como si las palabras fueran meras menudas restas. Todo deriva en un cero insípido que no es el deleitable cero del silencio sino un cero que es factor y todo anula.

No, no me refiero al gobierno ni a esta gran Guerra Partida con la que se entretiene de noche el centinela. Me refiero a la palabra y sus silencios, poderosas fuerzas bajo fuego.  

Elena Garro se adelantó a la masacre de Tlatelolco en Los recuerdos del porvenir y Foster Wallace pareciera haberse adelantado a los peligros del entretenimiento en La broma infinita. También era noviembre. 

El gran videojuego venidero me asusta. No, no me refiero a la inmensidad de su mapa o a su tendencia artística hiperrealista (algo anticuada ya, si me preguntan). Tampoco me refiero a su incitación a la violencia u otras lujurias mucho más directas que izar cualquier bandera terrorista. Ya les he dicho que el verbo «incitar» no me gusta. 

Me refiero a que aparece en un mundo en entretenimiento ya rebosado gracias a los personalizados algoritmos, pero también a los gimnasios con pantallas, pódcasts, influencers, series, odiseas artificiales y televisores en miniatura que llevamos hasta a la ducha.

Un mundo que dormita hipnotizado por pantallas como con el soma de Huxley. Todo sentir y pensar aburre o asusta.

El nuevo entretenimiento llega para multiplicar horas a los ya desbordados reportes semanales de tiempo en pantalla. Un cero que es factor. 

«Dóciles y continentes, pero en blanco, como si les hubiera fallado algún nivel profundo del cerebro. (…) El sentido de la vida de estas personas se había visto reducido a una dimensión tan estrecha que ninguna otra actividad o conexión atraía ya su atención. Ahora eran poseedores de las energías mentales/espirituales de una polilla», decía Wallace de aquellos que se acercaban al samizdat. 

Así es que, suspicaces maestros de la genuflexión, disculpen este lastimero soliloquio. Alguien tiene que mantener viva la duda y defenderla contra quienes la entregan a esos reinos en píxeles mendicantes y en providencias vacíos. Espero equivocarme bajo las formas oraculares de las nubes…

Ambos amigos charlaron un poco tras leer el mensaje. Filosofaron sobre los posibles significados de esa nueva huída de Pericles: a qué se refería con el «cero del silencio», si acaso se atrevía a criticar al esperadísimo GTA VI, a dónde se habría ido, cuándo volvería… Como ninguno logró dar con una respuesta, se frustraron y se despidieron, sabiendo que no era extraño que su ya cansado maestro se esfumara de vez en cuando. 

Colgó y apagó la lámpara del nochero, pero se quedó despierto con el celular en la mano. Subía y bajaba en su algoritmo. No lograba soltarlo y otra vez estaba desvelado. El sol ya empezaba a pintar las nubes de blanco. Del otro lado de la montaña, Pericles se había levantado temprano para dar con una onomatopeya del canto de las guacharacas. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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