Ni un mal payaso le pregunta al público por qué no se ríe o por qué no aplaude. Todo comediante sabe que las risas y los aplausos son una reacción espontánea de una audiencia que entrega admiración gratis como consecuencia de un buen espectáculo.
Tal vez el alcalde del municipio de Dosquebradas no tenía nada por qué sonreír esta semana cuando el presidente Abelardo de la Espriella lo regañó en público. Le dijo, en un video que se hizo viral, “Quite esa cara de seriedad (…) Una risita, hermano, está muy serio, ¡estamos trayendo las soluciones!”.
El Alcalde tiene entre el pecho y la espalda más de ocho mil familias damnificadas; 600 viviendas destruidas y más de cuatro mil casas no habitables. Y el Presidente le estaba anunciando 300 subsidios. Pudo pensar en lo que piensa todo el mundo: en la lentitud del Fondo Milagro, en la plata que recogió la Primera Dama con su fundación, todavía en el banco, en la inexperiencia del Gobierno para la gestión de la tragedia… Y no se rió porque nada es gracioso. Ni cuando ADLE le dijo que era más serio que un tacaño recién atracado.
Tal vez está llegando la hora en la que algunos empiezan a borrar la sonrisa de la cara porque, a medida que pasan los días, se desvela una sombra cada vez más oscura del talante del Presidente y sus asesores. Ellos parecen perder de vista, aunque no dejan de pelar los dientes, que ganaron por poco más de 200 mil votos y que buena parte de los electores optó por ellos para impedir la continuidad del proyecto de Petro. Solo por eso. No por su batalla cultural.
Por eso no es gracioso que entre todo lo que se bajó de las salas del Museo Nacional, piezas diabólicas que encarnan el relativismo moral, el espíritu woke y la apología al terrorismo, se haya escondido un video del plebiscito de 1957, con el cual se le otorgó el derecho al voto a las mujeres en Colombia, y la séptima papeleta, con la que se abrió paso la convocatoria para la Asamblea Nacional Constituyente.
Dirá el tigre de uñas largas que ambas cosas: el voto femenino y la Constitución que lo cobija y lo pliega, son instrumentos de adoctrinamiento cultural, que impiden que se entronicen la fe y los valores religiosos, con las mujeres en el centro… De la cocina de la casa. ¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden?
Tampoco es gracioso que Carlos Suárez, presidente de la junta directiva de Ecopetrol dé una conferencia en la Andi, a nombre de su marca de estrategia política, como si fuera un viandante común. Parecía convocar al empresariado del país para alzarse en ideas y dar la batalla por las elecciones regionales del año entrante. Dijo allí, menos de 48 horas después de hundido el presupuesto, a causa de la improvisación y la inexperiencia, que las campañas no se ganan con planes de gobierno, sino despertando emociones y sentimientos. Le faltó anotar que lo que no se hace es gobernar a punta de emociones y sentimientos, y sin planes de gobierno como se ve que está sucediendo.
Parece, pero no es gracioso, que hasta ahora Abelardo venga haciendo lo fácil: decir por walkie talkie, como un niño con un juguete: “ataquen”, “procedan con la demolición”, “quiten esas obras”, para que se adelanten con operativos, se tumben edificios y se desmonten piezas de museo, se despidan funcionarios.
Lo difícil, lo aburrido, que es el rigor en los procedimientos, el diseño de políticas públicas, la ejecución pronta de acciones, como la que pide el país post terremoto, ocurre con errores, traspiés y lentitud.
En cambio sí es gracioso es que ADLE esté cometiendo los mismos errores de Petro. Encumbrado en el ego del poder, castigando mínimas discrepancias, gobernando para un pequeño club de fanáticos, cada vez más amenazante, va borrando sonrisas como la del alcalde de Dosquebradas y tal vez las de otros en los que crece la perplejidad y el asombro.
Está visto, y no es chiste, que las urnas castigan el mal show.
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