El BID promueve reformas en América Latina y el Caribe no solo con base en estudios basados en evidencia sino también entendiendo las restricciones de tipo político que impiden que muchas de ellas puedan salir adelante. En su último informe sobre mercados laborales muestra este proceder y nos habla de las narrativas dañinas que preceden a las reformas de los mercados laborales.
Una de las más difundidas es la que ubica en dos extremos el tipo de reforma a realizar: por un lado, las que favorecen a los empleadores, por ejemplo, buscando aumentar las horas laboradas o las que pagan menos los horarios nocturnos y extendidos; de otro lado, las pro trabajador, que, por el contrario, buscan favorecer a estos en desmedro del empleador, con mayores beneficios laborales y extralaborales. Las primeras, supuestamente promueven la eficiencia por encima de la equidad, y las segundas hacen lo contrario.
En la práctica, el BID deja claro que estas son dicotomías falsas y que muchas políticas que aparentemente benefician a una de las partes pueden en realidad beneficiar a todos y producir mejores resultados en los mercados laborales.
Por ejemplo, reducir los costos de contratación- entiéndase reducir beneficios para los trabajadores- puede aumentar el empleo y los salarios, mientras que aumentos del salario mínimo pueden terminar favoreciendo el crecimiento económico.
Lo interesante de poner las narrativas a jugar un papel en las reformas, es que en la práctica son las primeras las que terminan generando barreras reales para que las transformaciones en estos mercados efectivamente se den.
Con base en información recopilada por el BID se tiene que la región si requiere la adopción de un conjunto de políticas- que van más allá del mercado laboral- que impulsen el aumento de la productividad laboral, es decir, que permitan aumentar cuánto produce en promedio un trabajador en la región. Esa productividad ha estado estancada por décadas y rezagada frente a países desarrollados como Estados Unidos; así, un trabajador en ese país produce cuatro veces más que un trabajador en América Latina y el Caribe.
El ingreso laboral real -descontando el efecto de la inflación-creció menos de un 1% por año en los últimos treinta años. Específicamente, creció un 18%, menos de la mitad de lo alcanzado para el promedio de los países de la OCDE.
El diagnóstico de los mercados laborales en nuestra región muestra que son altamente complejos y segmentados. Una característica esencial en ellos es la alta informalidad- entiéndase como empleados que no aportan a un sistema pensional-. La mayoría del empleo se concentra en empresas pequeñas y de baja productividad. El empleo continúa estando fuertemente concentrado en empresas pequeñas y en sectores caracterizados por una baja productividad.
La gran paradoja es que la mayoría de las reformas a los mercados laborales se concentran en los trabajadores formales. Por ejemplo, la última reforma laboral en Colombia concentró esfuerzos en reforzar garantías laborales para los empleados formales: una jornada laboral de menos horas a la semana, extensión del horario nocturno para reconocimiento de horas extras, mayor pago por horarios nocturnos y dominicales, entre otros.
Con una productividad laboral estancada y con mercados laborales altamente complejos el desafío de que las economías crezcan a la par que los trabajadores mejoran ostensiblemente sus ingresos, permitiendo mejorar sus condiciones de vida es un desafío que entraña reformas en varios frentes, no solo el laboral. Pero esta última es esencial y exige desmontar las narrativas que se muestran al inicio para con evidencia poder demostrar sus efectos para todos los trabajadores, las empresas y la economía con una visión no cortoplacista.
El reto es muy grande, pero como afirma el BID, el peor escenario es la inacción. Los últimos veinte años han sido más que nada de estancamiento, el cual no le sirve a quienes hoy están más desprotegidos, ganan los menores salarios y tampoco a la economía como un todo. Ver este panorama completo exige un pleno compromiso con los desafíos tanto de crecimiento como de equidad. Que como bien señalan Melendez y Eslava, equidad y crecimiento no son contradictorios sino codependientes (Nota Macro N, 65. 2026, Uniandes-Fedesarrollo).
Salirse de la caja, o de la zona de confort, para pensar en otras formas de acción en el mercado laboral son indispensables. El BID propone varias rutas de acción para cada problema identificado. Vale la pena que los hacedores de política se tomen en serio estudiar esas y otras formas posibles de reforma. Estamos acostumbrados a defender a ultranza lo que sentimos o percibimos que funciona, pero usualmente ese “funciona” aplica para los trabajadores formales. No obstante, entre cuatro y cinco trabajadores de cada diez en Latinoamérica y el Caribe trabajan en la informalidad y es allí donde las reformas también deben tratar de irradiar. Lo anterior pasa, si o si, por los costos laborales. Es allí donde radican las apuestas más novedosas del BID. Ejemplos como desligar la atención de salud y su financiamiento de los contratos; la protección a la vejez -vía pensiones- dejarían de estar ligadas a un empleo o a una secuencia de empleos y pasarían a estar asociadas a las personas, con entre otras, una propuesta de subsidio a la vejez universal y, por último, solo la protección ligada directamente al empleo, como la de riesgos inherentes al oficio o trabajo serían financiados con contribuciones obligatorias entre las partes.
No son reformas fáciles, pero empezar a poner la discusión en un terreno de posibilidades es ya una ganancia que Colombia debería apropiar a la mayor brevedad.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/