En Colombia, más de 390.000 niños y NIÑAS sufren de malnutrición; más de 12.000, de desnutrición aguda. En 2025, Medicina Legal registró16.533 exámenes por presunto delito sexual contra niños, niñas y adolescentes. De ellos,14.231 correspondieron a mujeres y 2.302 a hombres. Aun así, una de las primeras decisiones de la nueva persona que dirige el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, fue otra, una que no tiene nada de urgente: dejar de decir niñas.
La persona explicó que la palabra niñez comprende tanto a niños como a niñas y que el ICBF debe utilizar un lenguaje institucional “claro e incluyente donde se privilegie a la palabra niñez”. Y sí, niñez los incluye a todos, pero ese no es el punto. El punto es que nombrar una diferencia permite verla. Y cuando se trata de proteger a los niños, las diferencias importan. Según cifras del propio ICBF, el 81 % de los casos de violencia que llegan a procesos de restablecimiento de derechos corresponden a niñas y adolescentes mujeres. La violencia sexual es, además, la principal causa de ingreso a estos procesos.
Entonces, vale la pena preguntarse: si ocho de cada diez víctimas de estas violencias son niñas ¿por qué deberíamos considerar un avance institucional dejar de nombrarlas? No podemos olvidar que su condición de niña determina el tipo de violencia que sufre, el contexto en el que ocurre, las consecuencias que tendrá y la forma en la que el Estado debe responder. El propio ICBF tiene programas específicos para atender a niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual. Su lenguaje institucional reconoce explícitamente esas categorías porque la protección de derechos exige identificar a quienes están siendo vulnerados. ¿Qué perdemos cuando una categoría general sustituye a una realidad específica? Las mujeres conocemos muy bien la respuesta.
Durante décadas tuvimos que luchar para ser nombradas, para que las estadísticas hablaran de mujeres y no simplemente de “personas”, para que la violencia contra nosotras pudiera medirse, para que los delitos por razones de sexo fueran reconocidos. El lenguaje importa. Porque hay problemas que no podemos atacar si no los nombramos como se debe.
Es triste —y paradójico— que esta discusión ocurra precisamente en la institución que tiene la misión de proteger a los niños y a las niñas. Sobre todo en un país con semejantes desafíos hacia esta población. Decir niñas no soluciona la violencia contra ellas. Pero borrar la palabra es invisibilizar los riesgos que corren. Hay una diferencia enorme entre decir niñez y decir que no necesitamos nombrar a las niñas porque ya están incluidas. A las mujeres nos han dicho eso toda la vida: “Ya están incluidas”, “No hace falta nombrarlas”, “¿Qué más quieren?”.
Y ya sabemos lo que pasa cuando nos borran. Basta con mirar un mapamundi.
No necesitamos un ICBF que gane una batalla semántica. Le EXIGIMOS al ICBF y a su nueva directora (a quien no hace falta nombrar) que gane la batalla contra el hambre, contra el abuso, contra la explotación, contra la violencia y contra el abandono de los niños, las niñas y los adolescentes de Colombia.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/