Política a Trumpadas

Estados Unidos está en manos de un populista, al igual que muchos países, especialmente en Latinoamérica. Desde su campaña, Donald Trump construyó su discurso sobre una base de populismo agresivo, apelando al miedo y a la exclusión de quienes, según su visión, no representan a «un verdadero americano».

Sin embargo, alguna vez pensé que, más allá de su retórica incendiaria, Trump era un empresario diestro, con una comprensión real del mercado y la economía. Creí que, aunque había nacido en cuna de oro, su imperio hotelero y financiero había sido expandido con cierta destreza. Pero la realidad ha demostrado lo contrario.

Desde su llegada a la Casa Blanca en enero, sus decisiones han desmentido cualquier noción de que entiende el capitalismo moderno. No gobierna con lógica económica, sino con emociones y ego. No apoya la competencia ni la globalización económica; más bien, ha demostrado una peligrosa inclinación por el proteccionismo extremo, contradiciendo la esencia del libre mercado que supuestamente defiende.

Las últimas semanas han sido una confirmación de su enfoque errático. En su guerra comercial, ha convertido a sus aliados en enemigos y a sus enemigos en supuestos aliados. Su política arancelaria ha tensado las relaciones con sus vecinos y con Europa, mientras impulsa la expulsión masiva de inmigrantes y busca aplacar la guerra entre Rusia y Ucrania con posturas que favorecen a Moscú. Este giro desconcertante no solo desafía el orden global, sino que es un arma de doble filo que perjudica a su propio país.

Trump parte de la premisa de que el mundo necesita a Estados Unidos, pero ignora que Estados Unidos también necesita del mundo. Su visión de “Make America Great Again” parece olvidar que la grandeza económica no se logra aislándose, sino compitiendo en el mercado global. A pesar de que las principales propuestas de su gobierno suponen la premisa de generar bienestar a través del crecimiento económico y la reducción de la inflación, en realidad con sus propias decisiones se contradice.

Su política migratoria es un claro ejemplo de cómo sus decisiones terminan debilitando a la misma nación que dice proteger. Los inmigrantes representan cerca del 20% de la fuerza laboral en Estados Unidos y ocupan roles esenciales en sectores como construcción, agricultura, hotelería y transporte, sectores que impulsan fuertemente la economía norteamericana. Deportarlos masivamente no solo tiene un costo aproximado de 88.000 millones de dólares para el gobierno, sino que también se estima que podría reducir el PIB nacional en un 3%.

Y si las deportaciones son un problema, su estrategia comercial lo es aún más. Su proteccionismo desmedido busca imponer productos nacionales por decreto, sin reconocer que el mercado premia la eficiencia. La imposición de aranceles encarece los bienes de consumo, afectando directamente a los estadounidenses (y posteriormente al mundo, por el espiral de costos y precios de exportación) quienes terminan pagando más por productos que antes conseguían a menor precio. Se estima que estas políticas podrían aumentar el costo de vida anual en EE.UU. en aproximadamente 1.500 dólares para el hogar estadounidense promedio.

Las dos decisiones anteriores ya empiezan a mostrar consecuencias, los analistas evidencian indicios de un fenómeno de estanflación (crecimientos económicos muy lentos o bajos, con fenómenos de alta inflación) en EE.UU, que afecta principalmente al país pero en el largo plazo también termina afectando al mundo por su influencia en la economía mundial.

Su postura con Rusia y Ucrania es otro ejemplo de su pragmatismo errático. Al retirar el apoyo a Ucrania, busca reducir la presión sobre el precio del petróleo, una estrategia que, aunque podría generar beneficios en el corto plazo, tiene consecuencias geopolíticas y económicas impredecibles.

Trump es, en esencia, un proteccionista que intenta forzar la autosuficiencia de su país. Pero el mercado no funciona por decreto; responde a la eficiencia y a la especialización. Las ventajas comparativas existen por una razón: permiten que cada nación se enfoque en lo que mejor produce, maximizando la productividad global.

Hoy, Estados Unidos no se ve firme. Su moneda se debilita aún frente a naciones debilitadas, la incertidumbre económica crece y las tensiones diplomáticas aumentan. Las políticas de Trump, lejos de fortalecer a su país, pueden ser el detonante de una crisis aún mayor. Su visión distorsionada del comercio y la economía no solo amenaza el liderazgo de Estados Unidos en el mundo, sino que también pone en riesgo la estabilidad interna, y a su vez la economía y política mundial. Al final, su estrategia no es más que un juego peligroso de proteccionismo disfrazado de nacionalismo. Y como suele pasar con las malas apuestas económicas, el costo lo pagará su propia gente; donde ya, desafortunadamente, hay muchos arrepentidos de escoger la manera de Trump, la manera absurda y agresiva de todo a trumpadas.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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