¿Para qué sirve la ideología?

Está de moda en la derecha del mundo –incluida la colombiana– el descrédito de la ideología, como lo hizo gran parte de la izquierda en el siglo XIX y en la primera mitad del XX. Nada más ideológico que la negación de las ideologías o posar de neutrales frente a las mismas. Nada más errado que subestimar sus efectos prácticos, para bien o para mal.  

Es probable que parte del prejuicio y las controversias sobre el término se deban a la dificultad de definirlo. Se ha movido entre dos acepciones. La más básica fue concebida como ciencia de las ideas por el filósofo y aristócrata francés Antoine Destutt de Tracy, quien acuñó el término a finales del siglo XVIII. De allí se deriva la definición neutral del diccionario de la RAE: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.” Dicho sea de paso, la ideología tiene muchas dimensiones, no solo la política, como lo abordé en otra columna, titulada Despolitizar la ideología.


La otra es peyorativa y se ha entendido, palabras más palabras menos, como falsa conciencia, falsa moral o manipulación de la verdad. Esa acepción fue utilizada críticamente por Napoleón, adquirió una enorme importancia en la tradición marxista y, paradójicamente, hoy también aparece con frecuencia en discursos de la derecha, especialmente a partir del libro El fin de las ideologías, publicado por el sociólogo estadounidense Daniel Bell en los años sesenta del siglo pasado.      

Pero más allá de la confusión semántica, la prevención frente al término tiene, cuando menos, tres efectos negativos en las personas y en la sociedad: la falacia, el cinismo y la falta de pragmatismo, que es el más relevante de los tres. Pocas cosas tan omnipresentes y determinantes en la práctica como la ideología. Tenía razón Destutt de Tracy cuando decía que su base era la lógica, entendida como la aplicación del pensamiento a la realidad. No son meras abstracciones y menos ciencia muerta. Las palabras, sustrato de la ideología, son herramientas del espíritu para la acción.

La falacia –a veces con dosis de ingenuidad o ignorancia incluidas– es creer que es posible no tener ideología, como si pudiéramos prescindir de creencias, valores y principios. Todos, sin excepción, tenemos una ideología, con mayor o menor consciencia sobre ella, más o menos informados sobre la misma, y más o menos explicitada. La ideología es consustancial al ser humano y a las relaciones sociales: a las sociedades. Si para Aristóteles el hombre era el “animal político”, para Louis Althusser somos “animales ideológicos”. Aunque no lo sepamos, hacemos ideología, como decía Marx, recordado por el filósofo esloveno Slavoj Žižek en su libro El objeto sublime de la ideología.

El cinismo proviene de los que consideran que ellos están inmunes frente a la ideología mientras que los otros –quienes piensan diferente y contrario a ellos– están contaminados por la misma. Procede de los que hacen alarde de un pensamiento y unas ideas objetivas y técnicas, sin prejuicios ni estereotipos. De los maniqueístas y polarizadores que presumen buscar o tener la verdad mientras asumen que los demás se pierden en la ideología. Es creer que es algo así como visión deformada y deformante de los hechos y del mundo, a lo que cabría responder con el sociólogo francés Jean Baechler que “una ideología no es ni verdadera ni falsa, sólo puede ser eficaz o ineficaz, coherente o incoherente”, porque, al fin de cuentas, nos permite transformar las pasiones en valores.

La falta de pragmatismo es no reconocer que las ideologías mueven a las personas y al mundo –para bien o para mal– por lo cual más vale refinarlas que negarlas, sin convertirlas en una jaula de hierro, abarrotada de dogmas. Es no entender que la ideología es una forma de filosofía social: un sistema de ideas que busca explicar el mundo y, al mismo tiempo, transformarlo. Los conceptos orientan la acción, pero la realidad también interpela y modifica esos conceptos. La ideología sirve, además, para justificar y legitimar —muchas veces de manera sutil— nuestras acciones, el orden establecido y las relaciones de poder. No se puede olvidar que no hay mejor práctica que una buena teoría.


Por tanto, la ideología es un poderoso instrumento de estabilidad, cohesión y control social –función que históricamente también ha cumplido la religión–. Nos da identidad individual y grupal, nos simplifica el pensamiento y, por ende, la vida, en tanto jerarquiza y prioriza nuestras acciones.  

Nos podemos desentender de la ideología, pero ella siempre se la arregla para entenderse con nosotros. Es ineludible. Siendo así, dejemos las falacias y los cinismos a un lado y abordemos la ideología de frente, para desentrañarla, desenmascararla y convertirla luego en utopía (en ideales), porque ambas van de la mano, como bien lo ilustra el libro Ideología y utopía del sociólogo húngaro Karl Mannheim, que luego dio lugar a una compilación de ensayos con el mismo título del filósofo francés Paul Ricœur.

Uno y otro fenómeno tienen una utilidad similar. ¿Para qué sirve, entonces, la ideología? Para lo mismo que respondió sobre la utopía el cineasta argentino Fernando Birri cuando le hicieron esta misma pregunta en un congreso en Cartagena de Indias y en presencia de su amigo Eduardo Galeano: sirven para caminar. La ideología es método, que etimológicamente significa camino; cuanto más claro, más seguro y eficaz será para cada uno y para la sociedad en general.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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