Hace unos días dije, en un video, que en el debate sobre el aborto no me importa cuándo empieza la vida. Que esa pregunta tan repetida, solemne y usada como si significara el final de la discusión, en realidad no debería ser el punto de partida de nada, porque no tiene una respuesta que un Estado laico pueda adoptar sin, por ahí derecho, adoptar también una teología. Filosofía o religión, escoja usted uno de los dos supuestos.
La respuesta fue además previsible. Enferma, me llamó un señorito. Que lo que yo representaba – el feminismo, dicho así, en abstracto, como si fuera una sola cosa homogénea y contagiosa – era una especie de epidemia que ya había llegado a Colombia.
¡Cuidado, querida lectora, querido lector! Tal vez se le contagie la peste al leer estas palabras, provenientes de una de sus “primeras pacientes”.
Y se me quiso además encadenar a un caso de Estados Unidos, de una madre presuntamente con psicosis postparto, y que según alega la fiscalía en un juicio que aún no ha concluido, mató a sus tres hijos. No más que una maniobra retórica que depende de borrar la diferencia más elemental de toda esta discusión: aquella entre un embarazo y un hijo nacido, entre la autonomía sobre el cuerpo propio y la violencia contra otra persona ya existente en el mundo.
Nadie que yo conozca defiende lo segundo, por más feminista o machista que sea. Pretender que sí, para desacreditar lo primero, es una falacia del hombre de paja maquillado con indignación moral. Pero claro, señorito pseudointelectual, presunción de inocencia y demás.
Todo esto, como si defender la autonomía reproductiva de todas y todos fuera, en el fondo, lo mismo que justificar el filicidio.
No le doy relevancia a argumentos amarillistas y sin fondo, emitidos cual león del Mago de Oz. Que no se nos olvide que se llamaba el León Cobarde. Yo, como Gloria Steinem, “he aprendido que no tengo que responder a las críticas de personas a las que no acudiría buscando consejos.”
Pero sí quiero desarrollar mi argumento más allá de los tres segundos escogidos minuciosamente para tildarme de enferma, porque el argumento sí importa, y porque esconde una confusión que, para quienes priorizan el conocimiento y la academia, vale la pena desenredar.
Cuándo empieza la vida no es una pregunta científica. Es una pregunta netamente mística y, para buena parte de quienes la hacen, es una pregunta religiosa disfrazada de neutral. La biología puede describir procesos: fecundación, implantación, desarrollo del sistema nervioso, viabilidad extrauterina. Pero no puede decirnos en qué punto de esa línea un grupo de células adquiere el estatus moral y jurídico de persona.
Por eso, cuando alguien me exige que “primero” defina cuándo empieza la vida para poder hablar de aborto, me está pidiendo que yo resuelva, en un párrafo, lo que San Agustín, Tomás de Aquino, el Talmud, el budismo, y la bioética contemporánea no han logrado resolver en dos mil años de intentarlo, con posturas que van desde la concepción hasta el nacimiento, pasando por la implantación, la formación del sistema nervioso, el primer latido o la viabilidad.
Y me lo piden, casi siempre, dando por sentado que solo una de esas respuestas – la suya, casi siempre de raíz cristiana – es la válida.
En un Estado laico, esa jerarquía no es legítima. No porque las convicciones religiosas no importen – importan muchísimo para quienes, como yo, las tienen – sino porque un Estado que se dice laico no puede legislar el cuerpo de las mujeres a partir de la doctrina de una tradición particular y presentarla como verdad universal. Y, de hecho, tampoco podría hacerlo sobre el cuerpo de los hombres, si el día de mañana emerge la creencia que la vida comienza desde el espermatozoide en sus testículos. En cualquier caso, no deja de ser una creencia.
Vale la pena además decir esto con nombre propio. Cuando organismos como el Comité de Derechos Humanos de la ONU, el mismo que interpreta el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, se han pronunciado sobre el aborto, no lo han hecho resolviendo cuándo empieza la vida. Lo han hecho hablando de que negarle a una mujer el acceso al aborto seguro puede vulnerar su derecho a la vida, a la salud, a no sufrir tratos crueles o degradantes, a la privacidad y a la autonomía.
Nadie en estos organismos entra a definir el estatus metafísico de un embrión. Entran, más bien, a proteger a la persona que ya existe, que ya piensa, que ya puede decidir, garantizado. La mujer.
La pregunta filosófica, entonces, sí tiene valor, y cada uno puede resolverla como quiera en su propia conciencia. En Antioquia decimos: cada quien hace de su culo un balero. Yo le añadiría, “entonces no se metan con el mío”.
Yo no le voy a decir a usted qué pensar sobre el aborto, ni cómo resolver sus conflictos religiosos-teológicos, ni cómo mejorar su relación con Dios. Esa no es mi función, porque yo soy es periodista; mi trabajo es comunicar. El punto es que esa no puede ser la vara con la que el Estado laico mida el derecho a la autonomía de sus ciudadanas y ciudadanos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/