No máquina, usted no es la escritora

Desde la noticia de que la novela Dónde el agua trabaja podría haber sido escrita con IA, la pregunta cae como si fuera una hoja del otoño (escribo mientras afuera llueven hojas casi naranjadas, casi amarillas, casi verdes, de un árbol preparándose para el frío): será posible, por qué. Qué es ser un escritor.

No es solo una hoja del otoño cayendo en mi cabeza: son muchas. Es una tormenta. 

Quiero creerle al escritor, a David Silva Rojas. Le creo. El quiero es miedo.

A que primero se le crea a la máquina: porque la máquina lo dijo, porque la máquina es casi infalible, porque cómo se va a equivocar la máquina, por la posibilidad del engaño.

Y si la máquina aprende a escribir como yo.

Y si no bastan mis silencios, mi escritura rápida, la mezcla de personas, las experimentaciones en la página, quitar toda la puntuación, no poner rayas de diálogo, no poner comillas, romper todas las reglas gramaticales que me sé. Y si no alcanza mi historia y la máquina dice que a ella también le mataron al padre, que ella también se ha pasado horas escribiendo, horas doliéndole adentro para que salga una frase, un gritito disfrazado.

Reviso que tenga los borradores del libro que llevo cuatro años escribiendo, quizá son cinco: ¿Serán suficientes diez archivos? Tienen nombres distintos. Hay unos que dicen final, este sí, por fin, y no han sido.

Porque estoy segura de que solo he abierto ChatGPT para estudiar francés, para preguntarle por alguna cosa gramatical del inglés.

Yo estoy segura, ¿pero el resto, estarán seguros los demás si una máquina llegara a acusarme?

Tendré que poner una cámara que siga a mis dedos, que muestre que en enero, cuando llevaba cien páginas de la quinta reescritura y estaba muy conectada escribiendo todos los días, que fluía, de pronto Word (porque yo todavía escribo en Word) se cerró y lo borró todo y quedé mirando las primeras treinta páginas que había guardado cuando no se me había olvidado de que uno debe hacer copias continuas. Todas son preguntas.

Google, voy a tener suerte: Cómo guardar la tristeza en un tarrito, dónde guardarla por si alguien pregunta, por si alguien duda, alguna vez, de que yo escribo.

Porque es simple, pero parece que hay que explicarlo: si uno quiere ser escritor, si uno es un escritor, no está interesado en que una máquina escriba por una: ni una palabra. No quiero que me dé ideas ni me sugiera el cambio de una coma.

Eso no hay que analizarlo. No tenemos que plantearnos lo obvio solo porque esta es la era de la inteligencia artificial y como ya está entre nosotros, abracémosla.

Las preguntas no son sobre escribir o sobre quién quiere escribir.

Porque puede que haya gente que prefiere saltarse eso de ponerse frente a la hoja en blanco y no saber qué hacer, ni que le duela, y saltarse la reescritura y ver qué pasan un año y dos y tres y nada que sale. Puede que haya gente que quiera ser el director de un libro y darle ideas a la máquina para que lo escriba. Puede incluso que haya quienes quieran que el libro sea todo de la máquina. Está bien, puede pasar, pasa, y no hay que ser ingenuos. Pero a esos hay que llamarlos de otra manera (escribano, escribiente, director de libro, habrá que pensar) y necesitamos que nos lo digan, que lo acepten, que sean sinceros: quiero tener el derecho a saber y luego a elegir si voy a leerlos.

Por ahí van las preguntas: por la ética, por la sinceridad, por la corrupción literaria, como lo llamaron en una carta firmada por Liliana Colanzi, Mariana Enriquez y otros escritores, en la que señalan un problema importante: el empobrecimiento de la escritura y la lectura, y en que quizá estemos llegando a un momento en el que es cada vez más difícil reconocer la escritura artificial de la IA, por lo que ningún lector está exento de caer en el equívoco.

El escritor Juan Villoro se hace otras preguntas en un artículo de opinión en el diario Reforma: “La IA se alimenta en exclusiva de textos escritos por nuestra especie. ¿En qué medida puede diferenciarlos de las falsificaciones artificiales? Y, más aún, ¿es válido que la definición de lo humano esté en manos de un mecanismo?… Estamos ante un nuevo fenómeno: el de la maledicencia artificial, provocada por las sospechas y las hipótesis no comprobadas que los robots siembran en los inermes seres humanos”.

No van, entonces, por renunciar a escribir o aceptarlo sin más. 

No es un acto de resignación.

También quiero que me crean: yo lo escribí. Salió de mi cabeza. 

Cuando uno es escritor, o quiere ser y, sobre todo, apenas está empezando y tiene cero libros publicados o uno (pueden ir a buscar mi primer libro de poemas, Tal vez a las cinco, y así le ayudan a que no esté tan solitario), todo es una incertidumbre. Cualquier cosa puede cerrarte la puerta (en cuál círculo del infierno andará David Silva Rojas, buscando las pruebas para que le creamos).

No es un mundo fácil este de escribir, y menos cuando hay tantos diciendo que son escritores. Pero ahí está la diferencia (fundamental para el uso o no de la máquina): escriben o quieren la parte de los reflectores y los aplausos.

Yo no quiero leer un libro escrito por la IA. tampoco que la IA diga, que intente sentir, que también le mataron al papá. Solo por empezar. 

Me niego a que mi historia sea su historia.

Otros escritos de este autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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