Se agota el espejo retrovisor. Se agota la narrativa. Y se agota, más rápido de lo previsto, la luna de miel de un Gobierno que llegó a la Casa de Nariño por un margen estrecho, de esos que no dan para gobernar con soberbia.
Conviene recordar quién inclinó la balanza. Si alguien hizo la diferencia en la victoria de Abelardo de la Espriella, fueron las clases medias: las que madrugan, pagan impuestos, sostienen el consumo y votaron hartas de cuatro años de improvisación. Hoy son precisamente ellas las que aparecen como las grandes perjudicadas de la Ley de Rescate. Curiosa forma de corresponder a sus votantes.
Se prometió estar “firmes por la patria” y, sobre todo, “mano dura” contra los delincuentes. La realidad es otra: rebajas de penas, un Ministerio de Defensa desfinanciado y un presidente que juega a disfrazarse de uniformado, con walkie-talkie en mano, pero sin pilas. Mientras tanto, las Fuerzas Armadas son azotadas por el crimen organizado, con la inteligencia sin recursos, sin equipos antidrones y con la población civil, otra vez, atrapada en medio del conflicto. La mano dura se quedó en el afiche que mandó a hacer con IA Carlos Suárez.
Y cuando se le reclama, la respuesta es siempre la misma: “Ay, es que los últimos cuatro años…”. Esa excusa no resuelve un solo problema del presente. Ya sabemos el desastre de Petro y Germán Ávila en el Ministerio de Hacienda. Ya sabemos el fracaso de la Paz Total de Petro e Iván Velásquez. Ya sabemos la crisis de la salud que dejaron Petro y Guillermo Alfonso Jaramillo. Ya sabemos de las Julianas Guerrero y de escándalos de corrupción como el de la UNGRD. Lo sabemos porque lo padecimos durante esos mismos cuatro años, incluso más que el candidato que apareció un año antes de las elecciones a anunciar que “salvaría la patria”.
El diagnóstico lo escuchamos hasta el cansancio en campaña, y en casi todo estamos de acuerdo. Pero un diagnóstico sin tratamiento no cura a nadie. Para comentar diagnósticos del gobierno anterior ya estábamos los columnistas, al presidente (se supone) lo eligieron para sacarnos de este hueco.
Lo preocupante es que el Gobierno tampoco parece muy interesado en hacer lo que toca. El presupuesto se cayó en el Congreso y terminó expedido por decreto. Se cayeron las adiciones para el ICETEX. Se perdieron tres billones de pesos que iban a financiar el sistema de salud. La Ley de Sometimiento se radicó tarde. La Ley de Rescate se radicó tarde, y ahora tendrá apenas un mes para su trámite antes de que cierre la legislatura. Eso no es mala suerte: es mal timing. Y el tiempo en política es el recurso más escaso.
Por estar mirando hacia atrás, se les está pasando el reloj. Y si no miran al frente, van a terminar estrellándose antes de cumplir siquiera seis meses en el poder. Ya vimos esa película: Petro gobernó cuatro años con los ojos clavados en el retrovisor, se le acabó el tiempo y su mayor legado terminó siendo la inoperancia. Este Gobierno juró que llegó para cerrar ese capítulo, y va camino de escribirle la segunda parte.
Nadie le está pidiendo a Abelardo que arregle en tres meses lo que Petro dañó en cuatro años. Se le exige que comience, que radique a tiempo y que haga la tarea de construir mayorías en el Congreso con propuestas claras y diálogo con las bancadas. La crisis heredada explica el tamaño del hueco, pero cada semana perdida ya corre por cuenta de quien está gobernando. La patria que prometieron salvar no se rescata con disfraces ni con milagros, se rescata gobernando. Mire pa’l frente, presidente. Que el retrovisor ya no da para más.
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