Recientemente vi la película Michael. Una obra bella que honra a ese magnífico artista que fue Michal Jackson. Quizás uno de los mejores del siglo XX. Admirado, reconocido como una super estrella, con millones de fanáticos alrededor del mundo, también convivió con la polémica por cómo vivió su vida privada. Justo la película nos muestra una parte muy desconocida de su niñez y de su vida familiar mientras su carrera iniciaba y luego despegaba. No obstante, también omite otra, y por eso a algunos no les gustó la película, y es la de los presuntos- no probados en juicio pero si reseñados en múltiples escenarios como documentales testimoniales- abusos a menores de edad durante gran parte de su carrera cuando era un ícono que atraía a grandes y chicos.
Cómo no cuestionarnos frente a con qué perspectiva abordar a ese ser humano. ¿Que sea un buen artista lo hace una buena persona? Usualmente los aficionados lo ven así. En un documental de hace algunos años sobre las denuncias de varios hombres adultos que en su niñez, según su testimonio, habían sido abusados por Michael, cuando varios casos se llevan a juicio, una de las mayores dificultades que atravesaban las víctimas es que había un acoso permanente de los fans, que no creían posible que su artista amado fuera eso que decían en los juicios. La otra perspectiva de abordaje es que sin importar si es un buen o mal artista, si en la esfera privada presenta comportamientos considerados como ilegales, inmorales o poco éticos, es una mala persona.
Pero me surge otra pregunta. ¿Puede ser alguien al mismo tiempo un buen artista y una mala persona? Y aquí es importante señalar que retomo la noción del ser de Aristóteles; no se trata de juzgar a las personas por hechos esporádicos en el tiempo, sino por hechos puntuales. El “ser” en el sentido aristotélico de: “Somos lo que hacemos repetidamente”.
Ya el escritor Javier Barnes lo había cuestionado en su libro “El ruido del tiempo”. El personaje principal de la novela es un músico soviético de la época de Stalin y Jrushchov, sometido al poder comunista y sus dictámenes asfixiantes de cómo vivir y pensar. En un momento del relato, se refiere a dos artistas y llega a conclusiones ambivalentes. De un lado, dice que aunque él no entiende de abstraccionismo, tenía claro que consideraba al pintor Picasso como un bastardo y cobarde por su connivencia con el comunismo. Y expresa: “¡qué fácil era ser comunista cuando no vivías bajo el comunismo! … Era libre de decir la verdad: ¿por qué no lo hizo en nombre de quienes no podían? En vez de eso, vivía como un hombre rico en París y en el sur de Francia pintando una y otra vez su repugnante paloma de la paz.”
En contraste, al referirse al músico Stravinski, al cual admiraba profundamente, la conclusión fue distinta. Stravinski se había ido a vivir a Estados Unidos, viviendo una buena vida mientras en la Unión Soviética perseguían artistas, escritores y sus familias, los encarcelaban, los mandaban al exilio y los asesinaban. Según el protagonista, el silencio de Stravinski había sido despreciable y remata: “Y así como veneraba al compositor Stravinski, despreciaba al pensador Stravinski”.
El rasero de la opinión sobre ambos artistas claramente fue distinto. Uno, basado en la admiración artística, supo distinguir ese afecto de la calidad humana, medida por la capacidad de compasión y empatía por los colegas y conciudadanos. El otro, basado justo en un distanciamiento artístico claro, que termina volcado en una opinión personal negativa y tajante.
En el caso de Barnes, la distinción no involucra actos transgresores de la ley, sino más bien una valoración moral de lo que se esperaría de estas personas para estar del lado del bien y no del mal, o al menos para no ignorarlo abiertamente como acusa su personaje, tanto a Picasso como a Stravinski.
Quizás la excepcionalidad de estos talentos lleve la discusión a caminos más difíciles de sondear. Pero en la práctica, en el día a día, nos encontramos con personas comunes que también nos hacen cuestionar la integralidad del ser: ¿cómo pueden ser ciertas personas consideradas buenos profesionales pero, a la vez, tener, de forma reiterada, comportamientos a todas luces cuestionables en el plano personal.
Al final, la integralidad del ser a la que aludo es la de la búsqueda constante de coherencia en el pensar, sentir, hacer, decir; en resumen, en el vivir en cada esfera de la vida íntima y social con transparencia, honestidad y de cara a las propias convicciones. En el caso de Michael, puedo decir que lejos estuvo de ser íntegro, admirando su extraordinario talento y lo que aportó a la música pop, reconozco también el daño que causó a muchas personas que quedaron marcadas de por vida por su comportamiento.
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