Medellín en serio

En Colombia vivimos con el frenesí propio de las sociedades que padecen una política de alta energía, una política que termina atravesándolo todo y que se mete, para bien o para mal, en la vida cotidiana de la gente. Una elección apenas termina y ya estamos hablando de la siguiente. No hemos terminado de entender lo que significó el último proceso electoral y ya empiezan a moverse nombres, reuniones y aspiraciones para las regionales de 2027. Es difícil saber en qué momento dejamos de estar en campaña porque, en realidad, llevamos varios años saltando de una elección a otra.

Yo quiero hablar de mi ciudad, de la que es mi casa, de la que me duele y de la que tengo en el corazón. Y francamente me produce tristeza mirar lo que hoy tenemos a disposición. Está una izquierda que responde cada vez más a los intereses del petrismo y que ha venido creciendo con fuerza, la misma que terminó en aquella tarima contra la ciudad en la que también estuvieron los criminales y asesinos de la cárcel de Itagüí. Está también una nueva derecha radical, mezquina, mediocre y antiderechos, donde ya hay quienes consideran aceptable amenazar con un bate a alguien porque piensa distinto. Y están, por supuesto, quienes defienden la continuidad de un gobierno que ha sido más bien mediocre. Hay que reconocerle que devolvió cierta normalidad después del desastre de Daniel Quintero, pero la normalidad, por necesaria que fuera, no alcanza para convertirse en el proyecto de una ciudad.

Medellín alguna vez tuvo uno. Durante las administraciones de Sergio Fajardo y Alonso Salazar se construyó un relato que, con sus aciertos, sus exageraciones y sus errores, consiguió que la ciudad volviera a pensar en grande. Había una idea de Medellín y una intención más o menos clara de llevarla hacia algún lugar. No hace falta idealizar aquellos años para reconocerlo. El problema es que ese relato se agotó hace tiempo y no hemos sido capaces de reemplazarlo. Lo que vino después ha sido, demasiadas veces, una política más pequeña, llena de dirigentes que ven la Alcaldía como un paso hacia otra cosa y de gobiernos obligados a gastar demasiada energía respondiendo la pelea del día.

Medellín sigue funcionando, naturalmente. Una ciudad de más de dos millones de habitantes no deja de funcionar porque sus dirigentes hayan perdido imaginación. Pero hace rato dejamos de hacernos algunas preguntas que antes parecían importantes. Qué ciudad queremos tener dentro de veinte o treinta años, cómo vamos a enfrentar el envejecimiento de la población, qué hacer con una ciudad cada vez más cara, cómo ordenar el turismo y la llegada de extranjeros, cómo cerrar las enormes distancias que todavía existen entre sus barrios y cuál será el lugar de Medellín en una economía que está cambiando mucho más rápido que nuestra política. Son discusiones difíciles, a veces aburridas y cuyos resultados no suelen alcanzar a verse dentro de un periodo de gobierno. Precisamente por eso son las discusiones que deberíamos estar teniendo.

Para enfrentarlas también hace falta otro tipo de político. Y aquí voy a reconocer un prejuicio personal. No me interesa demasiado si el alcalde se deja crecer el pelo, usa jeans desgastados, abraza viejitas frente a una cámara o consigue parecer espontáneo en Instagram. Tampoco necesito verlo bailando, haciendo chistes o recordándome todas las mañanas que está trabajando. Prefiero un político que conozca la ciudad, que estudie los problemas antes de hablar de ellos y que entienda la administración pública con la seriedad que merece. Puede resultar menos entretenido, pero sospecho que gobernar bien casi siempre tiene bastante de aburrido.

Por eso quiero poner un nombre a consideración, el de Federico Hoyos. Conozco a Federico y creo que tiene una cualidad que hoy vale la pena reivindicar. Es un tipo sobrio, no porque carezca de carácter o de posiciones políticas, sino porque no parece necesitar convertir cada una de ellas en una representación. Es politólogo, conoce el Estado, ha pasado por el Congreso y por responsabilidades de gobierno, y conoce Medellín desde la administración y desde la política. Su trayectoria, además, le ha permitido entender algo que a veces se olvida cuando comienza una campaña: gobernar una ciudad es bastante más complejo que tener una opinión sobre ella.

Federico estudia los temas y tiene una manera metódica de aproximarse a los problemas. Puede parecer una cualidad demasiado elemental para detenerse en ella, pero viendo una parte de nuestra política ya no estoy tan seguro de que lo sea. Entiende el valor de los equipos, conoce las limitaciones de la administración y sabe que las decisiones públicas no ocurren en el vacío. Un alcalde puede tener grandes ideas y aun así fracasar si desconoce cómo funciona un presupuesto, si no sabe rodearse o si pretende que las instituciones se acomoden a su personalidad. También debe entender que muchas de las decisiones importantes que tome durante cuatro años empezarán a producir resultados cuando ya no esté en el cargo.

Esa mirada de largo plazo es justamente una de las cosas que Medellín ha ido perdiendo. Durante años nos acostumbramos a que cada alcalde llegara con una nueva ciudad debajo del brazo, acompañada de un eslogan, una estética y una manera distinta de contarla. El resultado es que cada cuatro años volvemos a comenzar discusiones que nunca alcanzamos a terminar. Medellín necesita proyectos que duren veinte años y políticas públicas capaces de sobrevivir incluso a gobiernos que políticamente no se soportan. Necesita también aceptar que no todos los problemas de una ciudad tienen una solución vistosa y que buena parte de gobernar consiste en hacer bien, durante mucho tiempo, cosas que probablemente nunca serán tendencia en redes sociales.

Eso es lo que me interesa de Federico y también la razón por la que creo que vale la pena considerarlo en la conversación que viene. No creo en políticos destinados a salvar ciudades ni pienso que Medellín esté esperando un mesías administrativo. Ya hemos tenido suficientes experiencias con esa manera de entender el poder. Lo que sí creo es que la ciudad necesita recuperar cierta seriedad en la discusión sobre su futuro y que Federico tiene condiciones para aportar a ella. Su manera de entender la política puede resultar menos estridente que la que se ha vuelto habitual, pero quizá sea precisamente eso lo que necesitamos después de tantos años en los que confundimos el ruido con el liderazgo.

Porque Medellín lleva demasiado tiempo discutiendo alrededor del personaje que ocupa la Alcaldía y demasiado poco alrededor de la ciudad que queremos construir. Cada semana aparece una nueva pelea que parece definitiva y que pocos días después nadie recuerda. Los políticos necesitan enemigos para explicar los problemas, las redes exigen indignación permanente y la conversación pública termina atrapada en asuntos que difícilmente importarán dentro de cinco años. Mientras tanto, Medellín envejece, se encarece, recibe nuevos habitantes, cambia su economía y transforma sus barrios a una velocidad que la política no siempre alcanza a comprender.

Las elecciones regionales de 2027 deberían servir para recuperar esa discusión. No para volver a la Medellín de Fajardo o de Salazar, ni para quedarnos discutiendo eternamente la de Quintero o la que hoy administra Federico Gutiérrez. Ninguna de esas ciudades puede ser el proyecto de los próximos treinta años. La tarea es imaginar la que todavía no existe y empezar a tomar decisiones para construirla. Para eso harán falta muchas cosas y seguramente muchas personas, pero podríamos comenzar por algo que durante demasiado tiempo dimos por sentado: volver a tomarnos Medellín en serio.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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