Los guardianes del asombro

Hay poemas que no terminan, se quedan viviendo con uno. El guardián del hielo, de José Watanabe, es uno de ellos. En sus versos, un hombre recibe un encargo imposible: cuidar un bloque de hielo bajo un sol que inevitablemente terminará derritiéndolo. La misión parece absurda. Sin embargo, el poeta no se rebela contra ella. La acepta. Quizá porque entiende que hay tareas cuyo sentido no está en el resultado, sino en la fidelidad con la que se realizan.

Pienso en ese poema cuando observo la escuela de hoy.

Vivimos una época que parece haber hecho de la incertidumbre su única certeza. La inteligencia artificial responde antes de que formulemos la pregunta. Las noticias cambian cada minuto. Las verdades duran lo mismo que una tendencia en las redes sociales. Los niños, niñas y adolescentes llegan al aula de clase con más información que nunca y, paradójicamente, con menos oportunidades para detenerse a contemplarla.

En medio de esa velocidad, el asombro corre el riesgo de convertirse en otra especie en extinción.

La escuela nació para transmitir conocimientos. Hoy esa tarea ya no le pertenece exclusivamente. Cualquier teléfono ofrece respuestas inmediatas. Pero ninguna pantalla puede enseñar a maravillarse frente a una pregunta cuya respuesta todavía no existe. Tal vez esa sea la verdadera misión de la educación en nuestro tiempo. No formar expertos en certezas, sino aprendices de la duda.

Porque el asombro no consiste en ignorar; consiste en aceptar que el mundo siempre guarda una parte que no comprendemos. Es el gesto del niño que descubre una hormiga cargando una hoja como si fuera la primera vez que alguien observa ese milagro. Es el silencio que queda después de un poema. Es la pregunta que un estudiante hace y para la cual el maestro no tiene una respuesta inmediata.

Durante mucho tiempo confundimos educar con llenar recipientes vacíos. Hoy sabemos que educar es exactamente lo contrario: impedir que el exceso de respuestas clausure las preguntas.

Las mejores clases que recordamos rara vez fueron las que nos entregaron una fórmula perfecta. Fueron aquellas en las que alguien abrió una ventana inesperada. Un profesor que nos hizo mirar el cielo antes de explicar la gravedad. Una maestra que leyó un cuento sin preguntar al final cuál era la moraleja. Un laboratorio donde el error fue más interesante que el acierto.

El asombro necesita tiempo. Y el tiempo se ha vuelto un lujo.

Corremos para cumplir indicadores, competencias, resultados, pruebas estandarizadas y cronogramas. Todo parece urgente. Todo debe medirse. Sin darnos cuenta, hemos empezado a educar como si el aprendizaje fuera una carrera contra el reloj. Pero el asombro nunca llega con prisa.

Aparece cuando alguien se atreve a observar con calma. Cuando un estudiante descubre que una ecuación también puede ser bella. Cuando una novela explica mejor el miedo que un tratado de psicología. Cuando un experimento falla y, precisamente por eso, obliga a pensar de otra manera.

Quizá la incertidumbre no sea el enemigo de la educación, sino, su condición más fértil. Solo quien acepta no saber está dispuesto a aprender. Solo quien reconoce que el mapa está incompleto siente el deseo de seguir caminando.

Watanabe entendió que cuidar el hielo era una tarea imposible y, aun así, decidió asumirla. Los maestros, de alguna manera, reciben cada mañana un encargo semejante. Deben proteger aquello que ninguna tecnología puede producir: el deseo de seguir preguntando.

Tal vez esa sea, al final, la tarea más silenciosa y más urgente de la escuela: formar, en medio del ruido de las certezas inmediatas, a los últimos guardianes del asombro.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

5/5 - (2 votos)

Compartir

Te podría interesar