Imagine una empresa que lleva sus cuentas sin registrar su insumo más importante: lo recibe gratis, lo consume sin medirlo y lo asienta en el balance como si fuera inagotable. Ningún negocio sobreviviría a semejante error de contabilidad. Y, sin embargo, es exactamente así como nuestras economías tratan a la naturaleza. La factura, aunque no aparezca en ningún estado financiero, ya está marcando negativos.
En el 2021, el economista indobritánico Partha Dasgupta publicó el Dasgupta Review, un informe encargado por el Tesoro del Reino Unido en el que se reconoció la dependencia que tienen las economías del mundo de la naturaleza. “Nuestras economías están embebidas dentro de la naturaleza, no son externas a ella”. Reconocer esa dependencia no fue una concesión ambientalista; fue la corrección conceptual de una falla de medición que distorsiona precios, inversiones y decisiones de política pública.
Además de los postulados y datos de Dasgupta, el World Economic Forum estableció que más de la mitad del PIB mundial depende de la naturaleza. No se necesitan muchas cifras para ver lo evidente: el agua, la energía, las materias primas que las industrias utilizan para los productos y servicios que todos utilizamos provienen de los servicios ecosistémicos y la biodiversidad del planeta. Su escasez afectará, indefectiblemente, a nuestras economías y, por supuesto, a nuestras vidas.
Solemos referirnos a los efectos que traerá la escasez de los “recursos” provenientes de la naturaleza; pero rara vez nombramos la dependencia que nuestra economía tiene de ella para su funcionamiento cotidiano. Si no, díganme: ¿vemos esa dependencia reflejada en los estados financieros de las empresas?
Casi ninguna empresa considera dentro de sus estados financieros los activos naturales de los cuales depende su actividad económica. Muchas incluyen compensaciones por lo utilizado, pagan regalías a los gobiernos por el usufructo que hacen de la “riqueza” natural o, incluso, reservan recursos para pagar las multas por los daños ambientales que ocasionan; pero todo esto es insuficiente si consideramos que su core depende de la disponibilidad de los activos naturales que utilizan. No hemos contabilizado cuánto les debemos a los polinizadores por nuestra comida, a los bosques por el agua que consumimos o a los corales y manglares por el sostenimiento y reproducción de los peces.
Siendo así, los productos y servicios que todos consumimos tienen incorporada una distorsión de precio al no incluir el verdadero costo de su producción y las empresas tienen una distorsión de sus ganancias al no incluir la depreciación de los activos naturales que explotan ni lo que costaría regenerarlos. Sin el sinceramiento de esas cuentas, la utilidad que declaran es, en parte, ficticia: se financia liquidando un capital que no aparece en ninguna contabilidad y que, además, es vulnerable ante las crisis ambientales que vivimos y que se avecinan.
Con la consciencia de esta deuda, se vuelve imperativo que cada empresa declare sus dependencias de la naturaleza y de la biodiversidad. También lo es que estas dependencias sean reflejadas en sus estados financieros para gestionar riesgos, anticiparse a los cambios, mitigar impactos, considerar la depreciación de los activos naturales y contribuir a la generación de nuevos activos como lo propuso el marco TNFD (Taskforce on Nature-related Financial Disclosures) en el 2023.
Todo esto está enmarcado, claro está, en una valoración instrumental de la vida que ha hecho posible nuestra vida y nuestra economía. Luego hablaremos de otra deuda, más profunda y más compleja: la valoración intrínseca de su existencia.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mateo-grisales-2/