Hay un principio que ha regido la filosofía política desde el siglo XIX, «la guerra es la continuación de la política por otros medios».
Esta frase del estratega prusiano Carl von Clausewitz comprende a la guerra como un instrumento que sirve para alcanzar fines políticos cuando la diplomacia ya no basta: la guerra no es un accidente ni una locura, sino un cálculo racional al servicio del Estado. Durante dos siglos, esa idea justificó que los Estados recurrieran a las armas como una extensión legítima de su política exterior.
La semana pasada en la Asamblea General de la ONU el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva hizo una alocución en la que, además de criticar la actual gestión de la organización y de mostrar su preocupación ante la gran cantidad de guerras que atravesamos actualmente, desmontó de una manera directa este lema.
«La guerra no es la continuación de la política bajo otras formas, sino que es la negación de la política» sostuvo Lula, y esta declaración es, tal vez más que nunca, urgente y necesaria.
Si bien se entiende que, en el contexto de Clausewitz, la guerra era una manera de obtener beneficios frente a un enemigo, conflictos más modernos como las Guerras Mundiales o la Guerra de Vietnam son ejemplos en los que, más que pensar en vencidos y vencedores, lo que se impuso fue la evidencia de que la guerra ya no produce vencedores: produce víctimas. Millones de muertos, sociedades destrozadas y un saldo que ningún cálculo político pudo justificar. La guerra moderna no continúa la política: la entierra.
Y sin irnos más lejos, conflictos como la Guerra de Ucrania, el Conflicto israelí-palestino, y las intervenciones militares de Estados Unidos en países como Yemen, Somalia, Irán, Siria, Nigeria y Venezuela, han demostrado un afán de controlar a los pueblos pasando por encima de la dignidad humana, de una protección por el bien común, dejándonos la certeza de que las nuevas guerras tienen como base un fenómeno que no es nuevo, el colonialismo.
Si la guerra moderna ya no continúa la política sino que la niega, quizá lo que Lula hizo en la ONU no fue solo desmontar un lema: fue recordarnos que la política, la verdadera, es justamente lo contrario de la guerra. Es el diálogo que se impone sobre la fuerza, el bien común sobre el afán de control. Y en un mundo que parece haberse acostumbrado a la guerra como forma de resolverlo todo, defender la política —esa que niega la guerra— es, tal vez, la única batalla que vale la pena librar.
Lula lo dijo con claridad: la guerra no es la continuación de la política, sino su negación. Si algo nos enseña este siglo, es que quienes recurren a la guerra no buscan resolver nada: buscan imponerse. Y frente a eso, la única respuesta digna es la que él defendió en la ONU: volver a creer en la política como el espacio donde los pueblos, y no las armas, deciden su destino.
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