La política mercenaria, noble y teatral

Ayer ocurrió una tragedia en el país. A causa del temblor muchas personas perdieron sus bienes, viviendas y enseres que habían acumulado durante largos años de trabajo. Hubo catedrales cayéndose a pedazos, colegios completamente destruidos, edificios que en algún momento se irguieron cuales montañas de los que hoy solo quedan sus escombros. Es aún más aterradora la cifra de muertos y desaparecidos. Ocurrió en un instante: la luz de sus vidas se esfumó, sin dar aviso, sin dar paso a arrepentimientos o despedidas. 

Quedan reflexiones. De todo tipo. Sobre la vida y la muerte. Sobre nuestra fragilidad como seres humanos; la vulnerabilidad que representa estar vivos y sobre la importancia de valorar cada día como si fuera el último, porque para muchos así lo fue. También quedan reflexiones sobre nuestra naturaleza solidaria, el recogimiento que tenemos en tiempos de crisis, ese instinto humano que nos lleva a acompañarnos en el duelo y la fragilidad. 

Y, por supuesto, quedan reflexiones políticas. Señalar, culpar, responsabilizar, en un evento de estos, no tiene sentido. Politizar o capitalizar cualquier tragedia es inmundo, atroz. Y con todo y eso, hay personas que actuaron, casi inmediatamente, casi instintivamente, como aves de rapiña para utilizar el dolor y el desconsuelo como materia prima de su cobardía moral. No tardaron en salir los que afirmaban que el temblor era un castigo divino por la entrada de un nuevo gobierno. Tampoco demoraron otros en responder que la tragedia era un descargo de la naturaleza después de cuatro años de opresión. 

Eso, de forma muy íntima, me causó un mar de sentimientos, una mezcla de rabia e indignación. De asco. Pero también me hizo recordar una frase de Peter Linquiti —apropiada para entender nuestro contexto— quien describe la política como un proceso simultáneamente mercenario, noble y teatral. Esas disparidades hoy fueron más que claras.

Hubo una práctica mercenaria de la política por parte de aquellos que escupieron en el duelo ajeno y trataron de generar rentas políticas y económicas sobre los cadáveres envueltos en polvo. Intentaron convertir un desastre natural en un campo de batalla ideológico que incluía profecías, conspiraciones, alucinaciones y otras yerbas.

Pero no todo es malo. También se vio una articulación masiva y espontánea de personas que se unieron para generar redes de apoyo y cadenas de suministros con el fin de ayudar a los damnificados. Una muestra de lo noble que puede ser la política y lo benevolente de las acciones cuando se encaminan a resolver problemas comunes. Un recordatorio de que la llama de la empatía no se extingue y que en los peores momentos se revela lo mejor de las personas. Un pequeño consuelo en medio de tanta desesperanza que reafirma que son mayoría quienes actúan desde la bondad y la solidaridad.

Por último, hubo quienes ejercieron una política teatral, enmascarada en una causa noble pero con intenciones egoístas y perversas. Instrumentalizando las lágrimas y la vulnerabilidad de muchas personas pretendieron hacer eco de su imagen. La zozobra de las familias no era tan importante como su afán de fama, visibilidad, figuración. Querían ser héroes, no por la mansedumbre con la que sentían la aflicción del otro sino por su enfermiza desesperación de protagonismo. 

Mercenaria, noble y teatral —a la vez— fueron las reacciones frente a la catástrofe. Mercenaria, noble y teatral es la política todos los días. Una mezcla de ilusión, disgusto y perplejidad. Un llamado —si no una advertencia— a tener más acciones nobles y menos mercenarias y teatrales. Porque el peligro no radica en que otros sean los mezquinos; la genuina preocupación está en no volverse uno de ellos, por lo menos no de forma permanente. 

“Nos salvaremos por los afectos”, dijo en algún momento Sábato. Y cuánta razón tenía.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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