La Política En Serio

Los malos gobiernos alimentan malas oposiciones, y viceversa. Alguna vez leí ese
aforismo, ya no recuerdo dónde, pero bien puede reflejar nuestra tragicómica realidad
nacional. Al paso de un gobierno incompetente y pendenciero como el de Petro,
no se le ha opuesto –o bueno, sí, pero no con los reflectores adecuados– una oposición
sólida, con propuestas reales para el desarrollo y ejecución de los asuntos de Estado.
Remitámonos al caso más reciente. Con este gobierno, lamentablemente, no hemos
terminado de apagar un incendio cuando ya surge otro, generando sus propios estragos.
Recapitulemos: la crisis comercial y diplomática con Estados Unidos.
Trump, sobre quien ya he dejado claro en este espacio lo que pienso –y que, para resumir,
es un delincuente en toda la extensión de la palabra–, anda envalentonado con su regreso a
la Casa Blanca. Amenaza con imponer nuevamente su política «America First» por los
medios que sean necesarios, sin mostrar el menor atisbo de concesión o diálogo.
Los primeros en probar el jarabe de esta nueva administración fuimos nosotros, a raíz de
una bravuconada –similar a las que Trump nos tiene acostumbrados–, pero esta vez
proveniente del desafuero personal de un presidente en una posición de poder bastante
asimétrica.
Mientras transcurrían las horas del pasado domingo y las gestiones diplomáticas llegaban a
buen puerto –gracias, valga reconocer, a los buenos oficios de un «team of rivals» que
antepuso el bienestar general del país a sus réditos electorales–, otros torpemente
prefirieron entrar en el juego de un presidente con evidentes rasgos de desconexión con la
realidad. Así es como unos y otros coexisten, al calor de la discusión en Twitter y de reels
escandalosos.
Basta con observar los esquemas de gobierno y oposición de los últimos años para darse
cuenta de las perversas lógicas que estos encarnan, los métodos rastreros que utilizan y la
superficialidad con la que se discuten la política pública y las gestiones de gobierno.
Vivimos permanentemente inmersos en un bucle de noticias falsas, ataques personales y
una constante simplificación de los asuntos públicos.
Pensando de cara a 2026, preocupa que cada vez es más escaso el talante de estadista en
nuestros políticos. Aquellos que acaso lo tienen, parecen electoralmente inviables. Los
grandes dirigentes de otros tiempos están siendo reemplazados por influencers con formas
disruptivas, pero de fondo escaso y superficial.
Los tiempos difíciles requieren hombres y mujeres avezados, capaces de sortear los
devenires de un país complejo como el nuestro y que eleven de alguna forma el nivel de las
discusiones sobre las que orbita el país político. No puede esperarse mayor respeto por la
ética pública y la dignidad presidencial impulsando, por ejemplo, una ley para realizar
análisis toxicológicos al jefe de Estado. Ese tipo de propuestas, además de inviables desde
el punto de vista constitucional, contribuyen a hundir aún más la credibilidad de la clase política en momentos donde los outsiders de corte autoritario son aclamados en otros
lugares de nuestro continente y del mundo.
Los problemas de Colombia no empezaron con Petro; son más o menos atemporales. Lo
que es evidente es que se han agudizado y lo seguirán haciendo, independientemente de si
un nuevo gobierno es contrario al actual, mientras persista este enfoque «light» de la
política.
Necesitamos políticos que se tomen la política en serio.


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