La política del bueno y el malo

La política siempre ha tenido una lógica de confrontación. Eso no es nuevo. Pero, hasta cierto punto, en la época democrática, si así la podemos llamar, esa confrontación se cimentaba en fundamentos políticos que permitían el debate y la división entre un sector y otro: partidos, movimientos políticos, movimientos sociales o movimientos ciudadanos.

Había desacuerdo. Había disputa. Había conflicto.

Pero ese conflicto, al menos en el plano institucional, conservaba ciertas formas, cierto rigor y cierta diplomacia propia de las relaciones de poder. Uno podía reclamar que el Estado debía tener una política social más amplia y eso no necesariamente era bueno o malo. Podía ser conveniente o inconveniente. Podía ser viable o inviable. Pero quien defendía una u otra posición no entraba necesariamente en un plano moral.

Y ahí está el cambio que me inquieta.

La democracia empezó a verse impregnada por lo que hoy podemos llamar el ecosistema digital. Y ese ecosistema digital, a mi modo de ver, llevó la conversación a un plano que ya no es solamente político. La llevó al plano moral.

La moral, en resumidas cuentas, nos permite calificar algo como bueno o como malo. Y cuando esa forma de ver el mundo entra de lleno en la política, el contradictor deja de ser alguien con una idea inconveniente, equivocada o discutible. Pasa a ser alguien malo.

Y si el otro es malo, entonces ya no basta con debatirlo. Hay que derrotarlo. Hay que anularlo. Hay que destruirlo.

Con la llegada de las redes sociales aparecieron también unos nuevos agentes de comunicación política: los influencers. Personas que, en muchos casos, funcionan como brazos digitales de ciertos sectores políticos, pero que gozan del privilegio de poder llevar el discurso un poco más allá de lo que la institucionalidad permitiría.

Mientras un partido, un funcionario o un candidato todavía deben cuidar ciertas formas, el influencer puede exagerar, insultar, ridiculizar, deshumanizar y después decir que solo estaba opinando, haciendo humor o diciendo lo que otros no se atreven.

Y ahí una discusión que en principio era política termina convertida en una guerra moral.

Mi contradictor político ya no es simplemente alguien que piensa distinto. Es un enemigo. Es alguien que representa el mal. Es alguien que, por pensar diferente, merece ser odiado. Esa maldad que se le atribuye al contrario viene cargada de emoción, rabia, superioridad moral y una violencia que muchas veces se disfraza de indignación.

Basta ver el lenguaje que se ha vuelto cotidiano: “zurdos de mierda”, “fachos”, “parásitos”, “resentidos”, “enemigos del pueblo”, “vendidos”, “brutos”, “hijos de…”. Palabras que se lanzan todos los días como si fueran parte normal de la conversación democrática.

Pero no lo son.

Ese lenguaje lleva el escenario democrático a un lugar peligroso. Porque cuando la política se expresa únicamente desde la rabia moral, el discurso empieza a cargar, casi de manera natural, una promesa de violencia. No siempre física, pero sí simbólica, emocional y colectiva.

Y en ese escenario todos terminamos atrincherados. Cada quien se refugia en los suyos, escucha a los suyos, comparte a los suyos y odia con los suyos. Ya no se trata de convencer al otro. Se trata de confirmar que el otro es despreciable.

Solo basta ver casos recientes como los de Levy Rincón, Vincent o incluso Matador, en su última salida en falso contra la primera dama. Pero también, del otro lado, toda una gama de influenciadores que hicieron campaña con Abelardo de la Espriella y que se encargaron de llenar de calificativos de odio al sector político opuesto.

El problema no es que existan opiniones fuertes. La democracia necesita opiniones fuertes. El problema es cuando la opinión fuerte deja de discutir ideas y empieza a construir enemigos morales.

Y entonces me pregunto si esta sociedad, que ni siquiera ha podido alfabetizarse del todo en el uso de internet, tiene realmente las herramientas para identificar lo que está pasando. Si somos capaces de entender que la comunicación que hoy entra por nuestros ojos también está modificando nuestras formas de pensar, de sentir y de asumir la política.

Porque poco a poco nos están llevando a entender, equivocadamente, que el único camino para legitimar una idea es odiar la contraria. Que para defender una posición hay que destruir emocionalmente a quien no la comparte. Que el debate es debilidad y que la crueldad es claridad.

Pero una democracia no puede construirse sobre esa lógica.

Cuando dejamos de ver al otro como contradictor y empezamos a verlo como enemigo moral, la política deja de ser el espacio donde tramitamos nuestras diferencias y empieza a convertirse en el lugar donde justificamos nuestros odios.

Y tal vez ese sea el mayor riesgo de esta época: que, entre influencers, algoritmos y trincheras digitales, terminemos creyendo que odiar al otro es una forma de participar en democracia.

No lo es.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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