La oportunidad perdida de Gustavo Petro

Faltan menos de dos semanas para que Gustavo Petro se despida de la Casa de Nariño. Será más recordado por sus fracasos que por sus logros. Porque sí, todo hay que decirlo: aciertos tuvo, algunos. Pero fueron insuficientes y quedaron opacados por su egocentrismo, su incapacidad para construir acuerdos y su obsesión por presentarse como un Simón Bolívar contemporáneo, más preocupado por alimentar su narrativa mesiánica que por resolver los problemas que tanto cuestionó.

Petro llegó al poder con una oportunidad que muy pocos presidentes han tenido: demostrar que la izquierda podía gobernar con responsabilidad, eficacia y resultados. Tenía un buen capital político, una ciudadanía esperanzada que le dio la confianza en las urnas, y una posibilidad histórica de cerrar el debate sobre si el cambio era posible. Pero prefirió otra cosa: se encerró en sí mismo, se rodeó muy mal, calló cuando debía hablar, y habló de más cuando un silencio habría sido más loable. 

Gobernó como si siguiera en campaña. Cambió la gestión por el discurso, la ejecución por la confrontación y el liderazgo por la polarización. Convirtió a quien pensaba distinto en enemigo (durante su gobierno asesinaron a un senador y precandidato presidencial de la oposición) descalificó a la prensa, atacó a las instituciones cuando no le dieron la razón y encontró en sus contradictores la explicación perfecta para cada incumplimiento de su programa.

Mientras el país esperaba reformas bien ejecutadas, seguridad, crecimiento económico y soluciones concretas, el presidente se concentraba en dar largas alocuciones, escribir mensajes absolutamente ridículos en redes sociales y sostener una narrativa en la que siempre había un culpable distinto a él. Él fue una víctima más. Y en vez de honrar la investidura y el cargo, los pisoteó de una manera que será recordada como una caricatura. La responsabilidad nunca recayó sobre quien ocupaba el cargo más importante del Estado: él. Cargo por el que luchó durante toda su vida, y que, al obtener, fue como si se hubiera esfumado cualquier ilusión, cualquier indicio de que cumplió su sueño. Gustavo Petro se convirtió en un fantasma de su propio gobierno, sin darse cuenta de que lo que más lo persiguió fue su propia sombra.

Petro pudo convertirse en el mandatario que transformara la historia política de Colombia. No voté por él, pero pensé que podía hacerlo bien. Nos decepcionó con honores. Decidió pasar cuatro años peleando con medio país y azuzando al otro medio para que no aceptara la derrota de su heredero. Y esa será, probablemente, la imagen que permanecerá cuando abandone la Casa de Nariño: la de un presidente incapaz de mirar más allá de sí mismo. Quizá por eso, inconscientemente, eligió las mariposas amarillas que acompañan su retrato oficial. Si algo tiene la novela de García Márquez es su relación con lo infinito y, para Petro, él siempre será el presidente de Colombia, aunque la historia continúe. O aunque no tenga una segunda oportunidad sobre la tierra

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/ 

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