La mosca de Pericles

Adelántate a toda despedida, como si la hubieras dejado atrás, como el invierno que se está marchando. Pues bajo los inviernos, hay uno tan absolutamente invierno que, si lo pasas, tu corazón resistirá.

Rainer Maria Rilke.

«Me dicen Pericles», dijo cuando nos desviaron y tomamos el camino largo. No explicó por qué ni cómo ni desde cuándo y si sí, lo olvidé. Yo iba en ventana, él en pasillo. Era una buseta destartalada que nos llevaría a cualquier parte, no importa el destino. Lo que importa es que, según dijo, una mosca lo venía persiguiendo. 

«Una mosca me persigue», dijo cuando tomamos la curva sin guardarraíles que simulen un brazo amigo antes de caer al precipicio. La caída por el desfiladero de piedras es inevitable. ¿Será que en el fondo respira un río que nos reciba con su sordo ruido propio del epílogo de una tragedia? Desde tan arriba no se alcanza a ver el vacío. Hay que imaginarlo. «¿Usté es de por acá?», preguntó. Balbucié cualquier cosa. «Yo tampoco sé de dónde estoy hecho», dijo. Su respuesta me sacó del hueco imaginario en el que me había sumido.

De Belgrado recuerda un taxista borracho que lo confundió con un narco e intentó convidarlo para montar una dudosa empresa. «Esta es la puerta para todo lo que usted y yo sabemos hacia Europa», le dijo con una mano en el bolsillo. De Sarajevo recuerda a un pintor que atendía un bar donde conservan la buena costumbre de permitir fumar en su interior; pasaba oculto en una especie de madriguera rodeada de vacías botellas de vino y cerveza, con un cigarrillo en su boca, pinceles en su mano y lienzo en sus piernas. El hombre, recién afeitado, le contó que empezó pintando paredes blancas, grises y naranjas después de que un obrero mal pagado resanara los huecos que dejaron las balas de ya diluidos pelotones de fusilamiento en los edificios residenciales. A veces lo dejaban inspirarse y pintaba recuerdos, pero casi siempre llegaba el obrero o una patrona cualquiera y, con una sonrisa propia de quien ha perdido todo contacto con la belleza, le ordenaba que se limitara al gris acordado. 

De Vlasenica recuerda a una mujer que, intuitiva, le regaló un dulce de café sin decir nada bajo la única sombra en una terminal de mala muerte en la que queda el recuerdo de una pintura roja que alguna vez alumbró las columnas hoy abrazadas por la herrumbre y un olor a orín reforzado por el sol de treinta y tantos grados. Nunca le han gustado las terminales. Ni sus salas de espera. En ellas vive renovándose el aliento putrefacto de las palabras no dichas antes o después del adiós. A todo el mundo le dice «¡Hasta nunca!» y, como no entienden, le sonríen. 

Pero de todo su viaje recuerda a la mosca que lo persigue.

«He andado», dijo, «pero cuando el mundo parece pequeño, pienso en las esquinas del armario de la casa. Nadie termina de conocer las esquinas de sus propios armarios. Nadie conoce todas las habitaciones de las casas del barrio que habita. Nadie conoce todas las quebradas, afluentes, riachuelos y gotas que alimentan los ríos. Bienpueda marque una equis en el mapa; eso es una vieja mentira. Cada metro cuadrado es un planeta. Pregúntele a la mosca que me persigue». 

Me contó que la última vez que alguien le echó los perros fue en una buseta como esta. La mujer le empezó a mezclar palabras y él, coqueto, siguió revolviendo. Pasadas varias horas y sin destino a la vista, le entró el sueño. Pensó entonces que podría dormir un rato y después levantarse para invitarla a tomar tinto (o lo más parecido a eso que encontraran) en el destino. Nuestro Don Juan de Gascuña se quedó dormido y, rendido, empezó a roncar con fuertes alaridos. Lo despertó su propio ruido. La mujer sin nombre, aturdida, no le volvió a hablar. No la volvió a ver. «Pero no crea, mijo, pudo ser peor la cosa. La otra vez me sacó del sueño el aroma de mis olorosas esencias». 

«En todo caso, lo que importa», insistió, «es que una mosca me persigue. Sus ojos de rojos fractales, su verde cuerpo infectado, sus alas transparentes de enclenque y turuleto merodear no me dejan en paz. Aunque, ¿sabe qué?, ha pasado tanto tiempo ya que empiezo a acostumbrarme a su insistente zumbido que interrumpe el primer sorbo del tinto». 

No me preguntó qué hacía. Tampoco tuve que preguntarle. Su oficio era el de un poeta que persigue señales desteñidas. Se despidió de mí con un suave apretón de manos y se fue caminando. Cargaba una bolsa de supermercado medio rota que dejaba ver una azulada botella plástica, un libro, una libreta y un bolígrafo de un amarillo chillón. Salió caminando, baldosa tras otra, por el camino largo que, intuyo, no lo llevará a ningún lado. Una mosca lo perseguía. Puedo confirmarlo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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