La insólita alianza

 Hay un aforismo certero “hay gente tan pobre que lo único que tiene es plata”. Y es por eso que cada uno tiene la libertad de hacer su propia definición de riqueza. Yo entiendo a quienes se limitan a hacerlo de acuerdo al número de ceros que tenga su cuenta bancaria; como también a quien la entiende como la posibilidad de vivir sin preocupaciones.  

Con lo que difiero es que se pretenda —como lo han querido hacer los fanfarrones— que el Estado adopte su definición privada de riqueza y que, como no lo hace, merece ser declarado el blanco de la ‘batalla cultural’. Pretender que el Estado trabaje bajo la lógica exclusiva del capital —y no del bienestar— es como pretender que todos nos persignemos con el signo pesos. 

El papa León XIV lo mencionó recientemente desde París: ‘se deben sumar fuerzas con el Estado al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello’. ¿Lo verdadero es el dinero?¿Lo verdadero es el mercado de capitales?¿Lo verdadero es el Bitcoin? 

Reconozco en los fanfarrones algo de inteligencia y creo que es bienvenida la conversación de un Estado más eficiente. Eso también se ha visto atravesado por temas que he expuesto en esta misma columna: no es posible que se destine presupuesto público a la refacción de un estadio, sobre todo cuando estamos en medio de una crisis de vivienda que sí merece la inversión pública, como bien lo dijo el concejal y profesor Luis Guillermo Vélez.

Creo, como lo hacía Rawls, que la libertad formal es una abstracción inútil si no va acompañada de las condiciones materiales para ejercerla. Pedirle al Estado que adopte la visión fiscalista de la riqueza equivale a exigirle al árbitro que juegue a favor de los futbolistas que tienen guayos, en lugar de garantizar una cancha nivelada para todos; incluso para quienes arrancan jugando descalzos. 

Por eso, considero que deberíamos hablar de valor público que es todo aquello que la ciudadanía considera valioso y equitativo, allí están los resultados sociales sostenibles como la reducción de la pobreza, la reducción de algunas morbilidades, las mejores condiciones ambientales y de calidad de vida e, incluso, el fortalecimiento del tejido democrático. 

Me alegró que, a partir de mi columna anterior, se reconociera que sí hay generación de valor a partir de las acciones del Estado. Por ejemplo, la construcción de un metro en una ciudad se debe hacer generalmente con recursos públicos porque la tarifa difícilmente cubre su desarrollo y operación; pero esa inversión está cubriendo en el tiempo externalidades negativas con un impacto colectivo. 

Tan es así que una decisión como estas puede cambiar el valor del suelo y convertir de un día para otro en rico a un particular. Ahí hay riqueza en términos de billetes; pero también debería haber justicia. 

Lo que no deja de extrañarme es por qué terminaron alineados con los tolondros. Si ellos representan el pasado y su único mérito es fanfarronear con un futuro de papel, esa alianza no parece una muestra de inteligencia.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/

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