La eternidad de las drogas

Ni fumigación, ni erradicación, ni sustitución. Nada de eso sirve para hacerle frente al problema de las drogas en el país. No falta el que grite a los cuatro vientos que lo que ha hecho falta es mano dura y tres militares por cada hoja de coca. Siempre están los que les gusta llamarle a esto “la guerra contra las drogas”, que curiosamente son los mismos que prometen someter con fusiles a la patria blanca. La realidad es que el negocio de las drogas, especialmente el de la cocaína, es más complejo de lo que parece y tiene más tentáculos de los que la mayoría cree.

Y se debe empezar por reconocer justamente esto último: las drogas son un negocio. Por si no queda claro: la venta de drogas genera plata, y como a la gente normalmente le gusta el dinero, hay bastantes incentivos para seguir vendiéndola. Los efectos colaterales en materia de seguridad o salud pública no constituyen el núcleo central del asunto. Esto hay que repetirlo como si fuera literatura de parroquia, a ver si algún día queda claro.

Como todo negocio, las drogas se mueven por medio de las dos grandes fuerzas del mercado: oferta y demanda. Ahora, desde que Nixon nos dejó parte de sus rabietas con su legado belicista nunca se ha querido ver así. Incautaciones y narcotraficantes detenidos salen por la televisión todos los días, pero el negocio se sigue fortaleciendo. 

En estos días ha resurgido la promesa de la fumigación, vendida por sus defensores como el elixir de la exterminación, la expiación de la oscuridad hecha aspersión. Y más allá de las trabas legales que tiene esa iniciativa —y de las no menores implicaciones para la salud de las personas—, esa es una medida que falla por desconocer la naturaleza del problema de las drogas. Atacar los cultivos, los laboratorios o el tránsito de drogas significa disminuir su oferta. Y si la demanda del consumo —que por cierto, es altamente dependiente— permanece igual, eso solo puede generar un efecto: una subida de precios. Y hablando de vicios, ahí es donde el círculo vicioso pega más duro: entre más cara se venda la droga, más incentivos hay para sembrarla.

Según estimaciones recientes el dinero que la cocaína le deja al país equivale a más del 4% de su PIB. Eso es más dinero que cualquier otra remesa legal, incluso más que el café o el petróleo. Dinero que se termina absorbiendo en las grandes capitales por medio del lavado de activos.  

Es hora de que el Estado deje de jugar a la guerra de almohadas y se replantee seriamente su posición frente al consumo de drogas. La única forma sensata de actuar en este caso es controlando la demanda. Y para ello se debe empezar reconociendo que no existe ninguna realidad posible en la que las personas no consuman. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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