La defensa de la vida

Defender la vida debería ser un imperativo. No una imposición moral o ética. No debería depender de una agenda política ni de un dogma religioso, ni convertirse en una discusión pública que se repite una y otra vez. Pero defender la vida no es prohibir, satanizar ni penalizar el aborto. La mal llamada bancada provida — de nuevo— se rasga las vestiduras «por los más indefensos», pero desaparece cuando no hay camas en hospitales para las mujeres que sí quieren parir. No legisla para mejorar las condiciones de vida de las madres cabeza de familia ni para reducir los embarazos no deseados. Mira para otro lado y se incomoda cuando toca hablar de educación sexual; algunos incluso dicen que ese es un asunto del que se encargan sus esposas con las hijas. O sea, el asunto sí es de nosotras, excepto cuando lo que nos corresponde es la libertad.

Son los mismos que cargan una cartilla sobre la familia en el bolsillo, pero guardan silencio frente a los niños desnutridos, abusados o abandonados. Los mismos que se oponen a la adopción por parejas del mismo sexo, aunque tampoco estarían dispuestos a adoptar. Hay incluso un congresista que suele presentarse como un férreo defensor de la vida. Tiene tres hijos y, según él mismo ha contado, «un ángel en el cielo». Es decir, su esposa sufrió un aborto espontáneo. Señor congresista: les guste o no, las mujeres abortamos. Muchas veces de manera espontánea. El aborto también hace parte de nuestra realidad biológica y reproductiva. Negarlo no cambia los hechos.

Qué cansancio tener que dar esta discusión cada año. Volver a explicar lo mismo. La interrupción voluntaria del embarazo es un derecho, no una obligación. Quien quiera abortar, que lo haga. Quien quiera tener uno, tres o diez hijos, que también lo haga. Pero dejen de legislar sobre nuestros cuerpos y nuestra autonomía. Si la naturaleza hubiera decidido que fueran los hombres quienes gestaran, todos sabemos que esta conversación sería muy distinta. El aborto no solo sería legal y seguro: probablemente sería un procedimiento normalizado, accesible y desprovisto de la carga moral con la que hoy se nos juzga a las mujeres.

Colombia enfrenta problemas infinitamente más graves y urgentes. Si de verdad les preocupan «los más indefensos», legislen por los millones de niños que ya nacieron y viven en condiciones de pobreza, abandono o violencia. Fortalezcan la atención materna, la nutrición infantil, el acceso a la salud, a la educación y la protección de la niñez. No conviertan nuestro cuerpo en un campo de batalla de sus convicciones personales. Déjennos elegir. Equivocarnos, si así lo consideran. Salirnos del molde de la maternidad como mandato para nuestra realización plena. 

La defensa de la vida no consiste en restringir nuestra autonomía sexual y reproductiva. Consiste en respetar la libertad y la individualidad de las personas; en proteger los derechos de quienes ya existen; en construir entornos seguros para los niños, para las madres, para las mujeres cuidadoras y para las familias. Defender la vida es garantizar que cada persona pueda desarrollarse plenamente. No es ir contra nosotras, sino acompañarnos, porque somos nosotras quienes podemos dar la vida.

«La mitad de la humanidad son madres. La otra mitad son sus hijos». Precisamente por eso, la decisión es sólo nuestra. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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