Nada bueno se puede esperar de un partido que apoya abiertamente a Putin y Trump, dos formas distintas de acercar el ejercicio del poder al más repudiable oscurantismo fascistoide. Y eso es lo que precisamente caracteriza a la AfD (Alternativa para Alemania), un partido abiertamente antiinmigracionista, prorruso y que, entre otras cosas, busca cambiar la cátedra de historia alemana en los colegios por considerarla excesivamente culpabilizante (como si eso de que los nazis asesinaran a seis millones de judíos no fuera para tanto).
Con aproximadamente un 44% de los votos en el estado de Sajonia-Anhalt el pasado domingo, la AfD consiguió su mejor resultado electoral desde su fundación en 2013. Comparado con la elección anterior en ese mismo estado, aumentó en un 23% su apoyo electoral. Eso es lo más cerca que ha estado un partido ultraderechista en Alemania de gobernar un estado desde la Segunda Guerra Mundial.
La natural reacción de la prensa internacional ha tenido algo de consternación por los resultados y también algo de indignación ética —más que legítima, en todo caso—. Pero dejando el crucero de emociones a un lado, ha sido del todo llamativa la poca evaluación racional con la que se ha leído el sufragio. Entre los pocos aventurados el periódico polaco Rzeczpospolita lo ha entendido bien: el resultado no es más que un grito de desesperación de los alemanes ante algunos miedos bien fundados y otros artificialmente creados.
El ciudadano alemán —como es cada vez más común en cualquier ciudadano— desconfía de la clase política tradicional porque se ha cansado de esperar promesas eternamente venideras. Entre tanto teme por el descenso en su nivel de vida y por los cambios económicos que afectan su propio bolsillo. Ese ciudadano no votó por la AfD porque eventualmente le llenaría de placer ver a un musulmán colgado de un árbol, votó porque es la opción disruptiva que propone cambiar algo que para él no ha funcionado y que le proporciona un mínimo alivio sobre la incertidumbre del futuro. Cierto mérito hay que reconocerle a la ultraderecha en el mundo en abordar las quejas sociales —e inventarlas cuando dé lugar— y seguidamente acompañarlas de una respuesta, que aunque sea intencionalmente fantasiosa, es una solución que la gente espera.
En los próximos dos meses habrá elecciones legislativas en Estados Unidos y presidenciales en Brasil. Con un Trump cada vez más desbordado y un Bolsonaro que recorta distancia, la ultraderecha tiene por delante un enorme horizonte para hacerse camino. En Francia, Le Pen y su tribu de matones son favoritos para llevarse la presidencia el próximo año. Esto debe ser una señal para los que aún creemos en las libertades que se amparan en una democracia y, ante todo, una advertencia para quienes compiten electoralmente por defenderlas: la bestia está creciendo, en gran medida, porque la gente está creyendo que necesita una bestia que los proteja. A la bestia no se le derrota leyendo manuales de ética por encima del hombro. Para vencer a la bestia, algunas veces, toca ser como ella.
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