La batalla cultural no es progreso

El término “batalla cultural”, Kulturkampf, nace en la Alemania de finales del siglo XIX, acuñado por  Rudolf Virchow , científico, padre de la patología y pionero en el estudio de la leucemia, y político liberal, quien lo utiliza por primera vez en un documento de 1873 en el que criticaba al gobierno autoritario de Otto Von Bismarck. A pesar de que el concepto vivió en las márgenes del discurso en múltiples jurisdicciones, fue a mediados del siglo XX en EE.UU cuando volvió al centro del debate político-electoral.

Aunque no se usó el término concreto, hay un capítulo de la historia estadounidense que describe muy bien el desarrollo de la batalla cultural.  En los años 50, cuando una supuesta amenaza comunista a gran escala desató lo que se conoció como el “Pánico Rojo” o la “cacería de brujas macartista”, cientos de artistas, gestores culturales y científicos fueron llevados a juicio sin mucho más que pruebas circunstanciales acusados de ser agentes de la Unión Soviética o subversivos.  Ronald Reagan, en ese momento presidente del Sindicato de Actores de Hollywood, fue informante del FBI y fuente activa de la “lista negra”. Cientos de carreras terminaron con sus “soplos”.

Paralelo al “Pánico rojo”, se desarrolló el “Pánico lavanda” que ya no perseguía comunistas, sino homosexuales. El sustento de esta persecución era la afirmación según la cual, por sus faltas morales, los homosexuales constituían una amenaza a la seguridad nacional.  El líder de esta barbaridad era el abogado Roy Cohn, más tarde mentor y operador político, fixer, de Donald Trump quien era un homosexual enclosetado y en 1986 murió de sida. Hay en las “guerras culturales” mucha hipocresía, mucha incoherencia, mucha discriminación y mucha ignorancia.     

El sociólogo James Davison Hunter publicó en 1991 el libro Guerras culturales: La lucha por definir América. En él sostiene que en la política de EE.UU el nuevo campo de batalla y las líneas divisorias, pasan por los valores y las búsquedas religiosas, culturales y poblacionales y ya no alrededor de asuntos económicos y de clase. Afirma, este sociólogo, experto en los movimientos evangélicos y su influencia sobre la sociedad estadounidense, que “el acuerdo en la guerra cultural es extraordinariamente difícil, si no imposible, porque lo que está en juego no son simplemente preferencias políticas, sino visiones fundamentales del mundo”. El año siguiente a la publicación del libro de Hunter, Pat Buchanan, quién había sido asesor de tres presidentes republicanos y es reconocido como el padre del nuevo populismo de derecha, enfrentó al presidente George H.W Bush -también republicano- en las primarias y pronunció un discurso conocido como Guerra cultural.  Su plataforma electoral se llamó América Primero. ¿Les suena?  Buchanan era famoso por su antisemitismo, por hacer una defensa de Hitler, -decía que solo era un expansionista alemán-, y por describir la crisis del SIDA como una “venganza de la naturaleza”. 

En campaña y en su discurso de posesión ante las fuerzas armadas y las cámaras, el presidente De la Espriella ha impulsado con determinación el concepto de “batalla cultural”.  Semanas antes de la jornada electoral dijo que “Esta no es una simple elección entre dos candidatos; esta es la batalla cultural definitiva por el alma de Colombia” y luego, este pasado 7 de agosto en Cali ya como Primer Mandatario, afirmó que “Mi gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley y la creencia en Dios”. El presidente, además, citó a Rafael Núñez y su “regeneración o catástrofe” que, como lo han identificado historiadores, se conecta con uno de los periodos republicanos en los que se libró con más fuerza la batalla cultural y se ejerció el autoritarismo.

Los antecedentes y el discurso del primer mandatario apuntan a que la batalla cultural se va a librar principalmente en las aulas de clase, en la política de incentivos y apoyos culturales y pisoteando los derechos de ciertos grupos poblacionales.  La insistencia en recuperar “la creencia en Dios” (¿en cuál o cuáles?) y “el valor de la familia” (¿de cuál o cuáles?) apunta a una mirada particular y muy puntual de sociedad en la que primero se discrimina y, luego, inevitablemente, se persigue a quienes no crean en lo que cree quien gobierna o no vivan de acuerdo con el ideal del gobierno. Así funciona y hay miles de años de experiencia y ejemplos. 

En clara contradicción con estas afirmaciones, el presidente dijo cosas importantes y ha hecho nombramientos acertados. Decir que gobernará para todos y que nadie será perseguido, por ejemplo, choca con el impulso de la batalla cultural. En las decisiones y el ejercicio veremos quién vence. El respeto por la independencia y autonomía de las ramas del poder público es bienvenido después de 4 años de señalamientos y descalificaciones por parte de Petro. La recuperación del sistema de salud es urgente y el nombramiento de Ana Ma. Vesga un gran acierto. Afirmar que no promoverá asambleas constituyentes, dejará el poder en 4 años y que todas las fuerzas políticas gozarán de las mismas garantías es un punto de partida necesario. Igual pasa con el discurso vertical contra la corrupción en donde venimos de un desastre. Veremos.   

Es temprano y las decisiones, reformas o políticas aún no se ponen en movimiento, pero los ciudadanos que creemos en el pluralismo, la diversidad y el reconocimiento de quiénes piensan y viven por fuera de lo que los “guerreros culturales” llaman “natural”, “normal” o “divino”, estaremos alerta a los primeros cañonazos de la batalla que proponen. Y vamos a defender una sociedad liberal que ha costado, y sigue costando, mucho construir.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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