Valentina Ferrer y J Balvin terminaron ¿Acaso fue por infidelidad? ¿Quizás fue la monotonía? Sea cual fuere la causa, el hecho es que en nuestra era el amor no dura. Parecería que ya no podemos construir relaciones sólidas y profundas… ¿qué nos pasó? La repuesta está en la crisis de las instituciones que en otros tiempos nos obligaban a estar, cumplir y permanecer. Y entre ellas, el matrimonio es la que ha sufrido el mayor desgaste.
En su obra fundamental “Marriage, a History”, la historiadora Stephanie Coontz argumenta que aquello de casarse por amor es bastante nuevo y que es precisamente esta idea la que ha ido corroyendo la institución. Durante siglos el matrimonio cumplió una serie de funciones sociales fundamentales: garantizaba la reproducción y la supervivencia, la herencia, la subyugación de la mujer al hombre y la protección de la propiedad familiar. Lejos de ser la alianza romántica de nuestros días, era un contrato simple y claro, con fines económicos y políticos concretos.
La revolución industrial, Ia Ilustración y el ascenso del individualismo transformaron su sentido original, complejizándolo y metiéndole un sinfín de variables: el deseo, la pasión, el romance, la plenitud sexual, la felicidad, la realización personal… Mientras en los siglos XII y XIII la literatura exploraba estos anhelos en romances fantasiosos, breves y a menudo trágicos, en la era moderna decidimos embutirlos dentro de un mismo saco: el matrimonio. Así, los objetivos de la institución se volvieron difusos, y por esta razón sobrellevar la vida marital empezó a parecernos cada vez más difícil.
Mas, sin embargo, aún en los siglos XVIII y XIX la institución seguía en pie. La segunda estocada la trajo el feminismo. Cuando las mujeres empezaron a luchar por la autonomía y los derechos económicos, políticos y jurídicos, colapsó la columna fundamental sobre la que aún se sostenía el matrimonio: la subyugación económica y jurídica de la mujer. En adelante, como por efecto dominó, se derrumbaron todas las columnas que permanecían en pie: la división sexual del trabajo, los roles de género diferenciados, el sistema de jerarquías que garantizaba la fidelidad y la obediencia de la esposa, entre otras.
Para la segunda mitad del siglo XX, la mesa que sostenía el matrimonio había perdido dos patas. Las otras dos se cayeron en las últimas décadas, con la desacralización de la vida íntima y la consolidación de la sociedad de consumo. En primer lugar, con la pérdida de la fe, el matrimonio perdió su sentido trascendental. Con ello, el sufrimiento, el sacrificio y la negación personal que se requiere para mantener una relación de largo plazo, perdieron sentido. Sufrir, esperar, tolerar, permanecer, se volvió un absurdo. En segundo lugar, siguiendo la tesis de Sigmund Bauman, la sociedad de consumo terminó por traducirse también al ámbito relacional: buscamos, elegimos, probamos, evaluamos y, si alguien deja de satisfacernos, lo remplazamos.
En un mundo donde el consumo es ilimitado, todo se vuelve fácil, rápido, desechable. Incluso el amor (y no sólo el amor romántico, ojo: también el amor filial, fraternal y comunitario). Así, las instituciones y relaciones que antes parecían estables (comunidad, matrimonio, familia) se han ido volviendo más flexibles, cambiantes e inciertas. Queremos intimidad, pero tememos perder nuestra autonomía. Queremos seguridad sin sentirnos atrapados. Anhelamos una pareja, pero nos obsesionamos con la posibilidad de “encontrar algo mejor”. Por esta razón Bauman se refiere a “conexiones” (rápidas, fáciles, pasajeras) en vez de “relaciones” (difíciles, requieren trabajo, permanencia, fidelidad y sacrificio) para describir esa realidad social que con seguridad también incidió en el fin del matrimonio Ferrer-Balvin.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-emilia-gouffray/