IA: ¿apocalipsis u oportunidad democrática?

En las últimas semanas la inteligencia artificial se ha puesto en tendencia. Los medios mundiales han titulado que el apocalipsis está cerca y eso ha abierto diferentes conversaciones, distintos frentes y muchos miedos relacionados con lo que nos espera como humanidad.

A mi modo de ver, estamos en una época que nos obliga a repensarlo todo. Y repensarlo todo lleva implícito entender el nuevo modelo político, social y comportamental que, como individuos y como colectivo, estamos adquiriendo.

Hoy las clases ya no se explican únicamente desde esa vieja división industrial entre quienes eran dueños de los medios de producción y quienes vendían su fuerza de trabajo. Esta nueva revolución, que podríamos llamar la revolución de la inteligencia artificial, parece estar creando otra clasificación: arriba están los dueños y desarrolladores de la IA; luego, los usuarios alfabetizados, quienes entienden estas herramientas, pueden pagarlas y empiezan a sacarles utilidad; y más abajo, quienes no tienen acceso, no pueden pagar, no entienden cómo usarlas o simplemente quedan por fuera de esta nueva alfabetización.

Hoy esa clasificación tal vez no se ve completamente reflejada en los ingresos de todos. Pero todo indica que, tarde o temprano, esa diferencia de acceso, conocimiento y uso terminará marcando nuevas desigualdades.

Los poderosos de la inteligencia artificial cuentan con un poder económico inmenso, y el poder económico, como sabemos desde hace mucho, influye en el poder político. Estas grandes empresas tecnológicas se comportan casi como imperios en una carrera por conquistar la llegada a la inteligencia artificial general. Y en medio de esa guerra entre imperios, el afán de sobreponerse los unos a los otros está llevando a una aceleración con muchos riesgos, pocos controles y una ausencia evidente de consentimiento social.

Y aquí aparece otro concepto: el contrato social en la era de la inteligencia artificial.

Si una tecnología como la inteligencia artificial puede revolucionarlo todo —nuestra manera de trabajar, de vivir, de comunicarnos, de estudiar, de crear, de entender el mundo e incluso de relacionarnos con nosotros mismos—, entonces vale la pena preguntarse en qué momento aceptamos esas nuevas reglas.

Si creemos en los Estados sociales de derecho, si creemos que somos un colectivo que consiente asociarse, negociar derechos, entregar poder y permitir que alguien regule la vida en común, entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué ese contrato social no fue tenido en cuenta en la inteligencia artificial?

¿En qué momento, como seres humanos, decidimos aceptar que las reglas del juego cambiaran de un día para otro? ¿A quién de nosotros le preguntaron si estaba de acuerdo con que una tecnología replanteara nuestro modo de vivir, trabajar y existir?

La respuesta incómoda parece ser que no lo aceptamos. O, al menos, no de manera colectiva. Fue una decisión movida por el capital, por los intereses financieros de un grupo de empresarios especializados en tecnología, localizados principalmente en un país, que hoy están cambiando las reglas del juego para todos.

Por eso tenemos que preguntarnos a quién responden esos nuevos imperios tecnológicos. Cómo se les controla. Cómo se les exige. Cómo se les recuerda que no están por encima de la sociedad, aunque a veces parezcan comportarse como si lo estuvieran.

Creo que la respuesta empieza por tender puentes entre humanos. La solución no puede venir únicamente de quienes están creando el problema. Tiene que pasar por una sociedad civil informada, capaz de organizarse, de exigir derechos y de entender que esta discusión no es solo técnica, sino profundamente política.

No se trata de decir que los desarrolladores de inteligencia artificial son enemigos de la humanidad. No es eso. Pero sí de entender que, si por ellos fuera, probablemente los controles serían mínimos frente a todo lo que quisieran hacer. Y ante eso la única respuesta razonable es que, como sociedad, empecemos a exigir.

Hay ejemplos de resistencia. Los guionistas en Estados Unidos ya lo hicieron. Entendieron que la inteligencia artificial podía afectar su trabajo, sus derechos, su autoría y su futuro, y decidieron organizarse. Poco a poco empiezan a aparecer activistas, sindicatos, académicos, trabajadores y ciudadanos que entienden que esta discusión no puede quedar únicamente en manos de las empresas que venden la tecnología.

Tal vez ese sea el camino. No rechazar la inteligencia artificial por miedo. No abrazarla ingenuamente por fascinación. Sino exigir que entre al mundo bajo reglas democráticas, con controles, con límites, con responsabilidades y con una pregunta en el centro: ¿qué tipo de humanidad queremos construir con esta herramienta?

A nadie preguntaron. Pero todavía podemos empezar a responder.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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