Tengo una perra, pero no es mi hija.
Parece algo obvio, pero vivimos en una época en la que las mascotas están cada vez más presentes, hasta el punto en el que nos referimos a los animales de compañía como “hijos”. Hay productos, peluquerías, guarderías y más espacios diseñados para ellas. Vemos a perros y gatos con chalecos, zapatos y hasta coches como si fueran bebés o muñecos.
No comparto muchas de estas prácticas, ni siquiera la forma de hablarle a los perritos al decir que somos sus “papás” o ellos nuestros “hijos perrunos”, pero vale la pena considerar esa delgada línea de lo que entendemos y criticamos al hablar de “humanizar”.
El perro es el mejor amigo del hombre desde la época de las cavernas, el gato desde el Antiguo Egipto, el caballo desde que el hombre aprendió a montarlo en las estepas de Asia Central, así como la oveja, la vaca, la cabra y el cerdo. Gracias a la domesticación de las especies hemos conseguido alimento, protección, transporte, apoyo y, sobre todo, compañía. Puedo decir que el desarrollo del ser humano depende en gran medida de su relación con otros animales, y sin embargo desde hace poco los consideramos miembros de la familia.
Hace tiempo perdí a dos perros, Santo y Perseo, padre e hijo, a los cuales ya les he dedicado varias columnas. Durante muchos meses salía con ellos a caminar, a jugar, les daba la comida, les limpiaba los orines, los cuidé durante todo el tiempo que estuvimos juntos.
Santo fue papá mayor, con doce años, y esto implicó que nos adaptáramos a cuidar a un perro mayor y a un cachorro. Le daba medicamentos para la artrosis, les separaba la comida y el agua para que no pelearan, busqué rutas para caminar que no fueran excesivamente duras para uno y que le quemaran la energía al otro, y sin embargo nos adaptamos, así fuera por un tiempo.
Por muchos meses cuando salía a jugar con ellos al parque la gente me preguntaba por qué Santo cojeaba, alguna vez me dijeron que tenía un ojo triste, y la más indignante, y también más frecuente, que Perseo era su “reemplazo”.
Salir con ellos implicó que tuviera que hacerme una coraza con la que siempre me blindaba para que no me afectaran los comentarios que me decían indirectamente que Santo era un perro viejo y, por lo tanto, defectuoso.
Durante el año pasado a Santo le pasaron muchas cosas. Tuvo una enfermedad que parece haber sido un derrame cerebral, se volvió mucho más agresivo después de eso y dejó de vivir conmigo. Fue perdiendo su vitalidad hasta que se murió. Perseo se quedó conmigo unos meses después, lleno de vida, de energía, de fuerza, pero un carro lo mató un día que tratamos de pasar la calle para ir al parque.
Esas pérdidas siguen estando muy presentes en mi vida, y me han hecho cuestionar qué tan válidos son los duelos que atravesamos, o más bien qué tan validados están; y, sobre todo, ¿qué entendemos por “humanizar” ?, ¿qué es lo que tanto criticamos? porque yo también lo hago.
A adultos mayores los he oído decir sin mucha delicadeza criticando a los dueños de mascotas por cosas como tenerles cojines o camas para que se puedan acostar, o hasta que me preguntaron cuántos años le faltaba a mi perro para morir como si fuera un documento a punto de vencerse. Un extremo ridículo, una visión precarizada de lo que es convivir con un animal por la que a veces parece que tengo que pedir permiso para estar triste.
No por eso estoy de acuerdo con muchas actitudes que tratan de equiparar a un perro o un gato como un niño. No les compro ropa para disfrazarlos, no dejo siquiera que se monten a los muebles, no son mis hijos, pero eso no quiere decir que no sea capaz de reconocer en ellos su singularidad, y, sobre todo, el vínculo que tienen con sus familias.
Hace unos meses llegó Macadamia a nuestras vidas, una perrita llena de vida y de amor que nos ha dado mucha alegría, es volver a estar conectado con el mundo después de sentirse roto en un espacio donde el tiempo se derrite y asfixia porque no queda más que tristeza, rabia y miedo después del accidente de Perseo.
Esa relación, llena de alegría, de un amor tranquilo, es también un amor complejo, porque no deja de haber rabia, a veces un poco de culpa por la sensación de que Macadamia sería el reemplazo de un perro al que me mataron. Pero el cariño hacia una mascota implica entender que no desaparece cuando una de ellas se va, sino que siempre permanece, se reinventa, se mantiene y se genera cuando llega otro compañero, y sin embargo está tan normalizado minimizar las situaciones que atraviesan los animales de compañía que nos muestra que aprendimos a entender ese amor y esa lealtad como un amor utilitario.
Después de tanto melodrama quiero pensar en muchos cambios, planes y programas diseñados para mascotas. Aunque parezca que servicios como guarderías, paseadores o hasta psicólogos sean una especie de histeria colectiva en la que nuestras propias ansiedades humanas se vean reflejadas, la verdad es que muchos de ellos responden a necesidades reales: una guardería no es un capricho si trabajas todo el día y tu perro se queda solo; un paseador tampoco, si no tienes tiempo de sacarlo las veces que necesita; y hasta un psicólogo canino puede ser la diferencia entre un perro que vive con miedo y uno que no. El problema no es el servicio en sí, sino cuándo dejamos de verlo como cuidado y lo convertimos en disfraz.
Además, servicios como pólizas o servicios de salud son también una garantía de bienestar social para sus amos y sus familias.
Por eso celebro que haya productos, servicios y profesionales comprometidos con el bienestar de los animales de compañía, porque le dan dignidad y condiciones de bienestar y seguridad a familias de varias especies. Entre el que te pregunta cuánto le falta a tu perro para morir y el que le compra un coche de juguete, hay un punto medio: tratar al animal con la dignidad que se merece, sin pretender que es una persona. Ahí es donde quiero vivir.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/