Lamentar los muertos es lo único decente que nos queda cuando la tierra decide recordarnos nuestra humilde e insignificante condición. Las pérdidas materiales dolerán durante años en cada familia quebrada, pero los muertos en el Chocó, el Valle, Risaralda, Quindío y Caldas se quedan sepultados bajo la masa gris del barro y los escombros. Nadie puede prever cuándo se le va a dar por temblar a la tierra, eso es claro. Lo que sí resulta trágicamente predecible es la fauna que brota inmediatamente después del sacudón.
Es un espectáculo bien miserable ver a la clase política lanzándose sobre las ruinas para sacar algún provecho electoral antes de que caiga el polvo. Y peor aún, presenciar la ligereza de personajes como Jerome, que encuentran en la desgracia ajena el escenario perfecto para el chiste fácil y la burla barata en las redes sociales. Hay que tener muy poco pudor para convertir un desastre natural en una comedia de mal gusto.
Ahora bien, sin caer en el oportunismo que se le critica a los oportunistas de siempre, hay que decir que la tragedia desnuda sin piedad las vergüenzas del poder. Los desastres no convocan la eficiencia; muestran, más bien, la verdadera cara de un Estado inútil. Lo que este sismo ha dejado al descubierto no es solo la fragilidad de las paredes, sino la pequeñez del equipo que maneja los destinos de este país desbaratado.
Miren si no la burocracia. En la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, que hoy debería estar trabajando como un reloj, bien entrada la semana no tenía un director en propiedad. Es una oficina mermada, empantanada en las peleas chiquitas de quienes se negaron a hacer un empalme decente por puro capricho. Tampoco hay cabeza con pergaminos en el Departamento Nacional de Planeación, porque al único tipo capacitado que habían nombrado —el mismo que tuvo el mérito técnico de estructurar el plan de desarrollo de Gustavo Petro— prefirieron apartarlo. Todo esto mientras en los pasillos del gobierno orbita el exguerrillero del M-19 Carlos Alonso Lucio, demostrando que para el reciclaje político siempre hay campo.
La diplomacia tampoco se queda atrás en este enredo. Ahí está Omar Bula, gestionando ayuda humanitaria condicionado a recibirla únicamente de «países amigos», mientras saca espacio en mitad de la emergencia para reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. Como si a una familia del Chocó, con la casa en el suelo y sin techo donde escampar, le importara lo más mínimo la geopolítica del Medio Oriente.
Y en la primera línea del gobierno, la vanidad. El ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, prefirió atrincherarse este fin de semana en un paseo por Santa Marta mientras miles de colombianos buscan restos de su hogar bajo las ruinas. Entre tanto, Abelardo de la Espriella posa sonriente ante los fotógrafos cada vez que puede y anda repartiendo balones de fútbol a los niños con el sello de «Defensores de la Patria». Porque claro, nada consuela mejor el dolor de haberlo perdido todo que un balón firmado por él
Son, en fin, hombres minúsculos. Gente insignificante al mando de problemas gigantescos, convencida de que el país es apenas una tarima para sus pequeños egos. Ojalá el gobierno se amarre los pantalones de una buena vez y demuestre estar a la altura de la circunstancia. Porque andar posando para la cámara y engañando ancianos por WhatsApp es una cosa muy sencilla, pero gobernar —y más en medio de una tragedia— exige una firmeza y unos quilates que hasta ahora no han demostrado. Ojalá rectifiquen.
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