Yo ya no sé qué más tiene que pasar.
Llevamos días viendo salir, uno detrás de otro, los chats, los audios, las consignaciones, los escándalos en la UPC y el gran entramado de corrupción que al parecer montaron Juliana Guerrero y su hermana Verónica. Una red que, según lo que Semana ha ido destapando, hasta tarifa tenían, porque cobraban un millón de pesos solo por la primera cita, doscientos millones de anticipo y el diez por ciento de cada contrato en el Ministerio de Vivienda,
—háganme el bendito favor el negocio que se montaron— en el Ministerio del Interior, en Vivienda, en Igualdad, en Fiduagraria, en el Fondo Colombia en Paz. Y cuando digo «según lo que se ha ido destapando» es porque todavía es presunto, todavía hay un proceso, todavía hay una Fiscalía que apenas abrió investigación. Pero ya sabemos lo suficiente para no seguir haciéndonos los ciegos.
Y por si el escándalo de las Guerrero no bastara, reapareció Angie Rodríguez, la que fuera directora del Dapre, a poner en palabras lo que muchos sospechábamos y nadie se atrevía a decir con nombre propio: que en la Casa de Nariño había, en sus palabras, una red de mujeres que creían que mandaban, que había una relación con Juliana Guerrero que «no era normal», que la presión para nombrar secretarios generales —los que de verdad ordenan el gasto, los que de verdad mueven la plata— venía de alguien que no tenía ni cargo ni funciones para hacerlo. Y que a ella, por oponerse, la amenazaron, la señalaron, le sacaron a la luz pública su salud mental para desacreditarla, como si tener depresión te quitara la palabra. Yo no tengo dudas de que uno de un gobierno que solo supo de gobernar bajo la improvisación y la corruptela tiene que salir con afectaciones a su psique, pero eso no le da el derecho al presidente de exponer esa situación como una manera de justificar la porquería que armó en palacio.
Yo no vengo aquí a decir que este es el primer gobierno corrupto de la historia de Colombia. Sería una estupidez decir eso y cualquiera que me lea sabe que no lo pienso. Este país ha visto de todo, ha sido gobernado por mafiosos, por paramilitares, por corruptos de cuello blanco y de cuello sucio, por gente que se robó la salud, la educación, las regalías, el internet de la gente vulnerable, los subsidios de los campesinos, la infraestructura vial de departamentos como el Chocó, la reconstrucción de los pueblos que el conflicto se llevó por delante. No es la primera vez. No va a ser la última.
Pero este gobierno tiene algo que los otros no tuvieron: se subieron al poder prometiendo que ellos sí eran distintos, y es que no se me olvida ese eslogan de campaña: “El cambio en primera”. Que esta vez era con las mujeres. Que esta vez era con los jóvenes. Que esta vez era con los viejos que habían esperado toda una vida a que alguien los mirara. Que esta vez era con los negros. Que esta vez el cambio no era una consigna de campaña sino una promesa de carne y hueso. Y resulta que a los que más les mintieron fue exactamente a esos: a las mujeres, a los jóvenes, a los viejos, a los negros —ahí tenemos en lo que quedó Francia Márquez— a los niños que iban a heredar un país distinto. Los usaron de bandera y después los dejaron solos con la factura.
Por eso me parece tan miserable ver todavía, hoy, con la Fiscalía investigando, con condenas por el caso de la UNGRD y con una exfuncionaria del propio gobierno hablando de amenazas de muerte, a gente saliendo a defender esto a capa y espada. No defendiendo un proyecto político, no defendiendo una idea, defendiendo un símbolo. Defendiendo una estética. Defendiendo una narrativa que ya no tiene ni sustento ni vergüenza. Y lo hacen mientras el país entero ve, con pruebas, cómo se repartían contratos de acueductos y de mejoramiento de vivienda como quien reparte lotería entre amigos.
Yo entiendo la lealtad. Entiendo que hay gente que se jugó años de su vida creyendo en este proyecto. Pero llega un punto en el que la lealtad a un símbolo es traición a la gente de carne y hueso que ese símbolo dijo que iba a proteger. Y ese punto ya lo pasamos hace rato.
Así que no, no me interesa hacer aquí un ejercicio de equilibrio ni de generosidad. Este gobierno no estuvo a la altura de la ilusión que vendió. Prometió que esta vez sí, y fue la vez en que más plata se movió por debajo de la mesa a nombre de los ministerios que debían construir vivienda, agua, oportunidades. Prometió honestidad y terminó con una red de mujeres —así, con nombre propio, lo dijo quien lo vivió por dentro— disputándose cargos y contratos como si el Estado fuera un botín de guerra entre aliadas.
Gobierno mentiroso. Gobierno que engañó. Gobierno que se gastó el capital político más grande que un proyecto de izquierda ha tenido en Colombia en las últimas décadas, y lo dejó tirado en un escándalo de corrupción con nombre y apellido. A ese cambio nadie le debe una defensa. Se la debían a los jóvenes, a las mujeres, a los viejos, a los niños. Y esos son, precisamente, los que se quedaron sin nada.
Se supone que debían cerrar con broche de oro, pero hasta ese se lo robaron.
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