Girlboss o tradwife: la misma trampa con otro filtro de Instagram

Durante años nos dijeron que el éxito femenino tenía la cara de una mujer que nunca se detiene: blazer impecable, agenda llena, reuniones hasta la noche, la típica mujer que protagoniza El diablo viste a la moda, Sex and the City o Mad Men, una mujer que demostraba su valor trabajando más, llegando más alto y necesitando cada vez menos de los demás.

Veinte años después, el péndulo se fue al otro extremo, llegaron las tradwifes con vestidos de lino, pan de masa madre, una cocina luminosa y un esposo que las provee mientras ella se dedica al hogar. Las redes sociales se llenaron de videos que prometen una vida más lenta y, aparentemente, más feliz.

Parecen dos modelos opuestos, pero comparten algo más que la estética de Instagram, ambos prototipos le venden a cada mujer, por separado, la responsabilidad de resolver sola un problema que nunca ha sido individual, y ese es el factor común de las dos tendencias. Al mercado y la política le resulta más rentable vender una identidad —el blazer o el delantal— que financiar una solución verdaderamente funcional, como, por ejemplo: que el trabajo de cuidado deje de recaer casi por completo sobre las mujeres. Nadie vende un curso sobre cómo lograr que tu pareja pida la licencia de paternidad completa, o como enseñarle a las empresas que los hombres también buscan a los niños de su colegio o llevan a su madre anciana al médico, pero sí venden rutinas matutinas de «alto rendimiento» y estética de ama de casa feliz.

Ambos modelos evitan nombrar que los hombres, en conjunto, todavía no asumen su parte. Según estimaciones de la ONU y la OCDE, las mujeres realizan en promedio casi el triple de trabajo de cuidado no remunerado que los hombres, una proporción que apenas se ha movido en dos décadas de discurso sobre corresponsabilidad. No hace falta más feminismo de frase motivacional. Hace falta que los hombres cocinen entre semana, pidan la licencia parental completa —y no la usen como vacaciones— y dejen de tratar bañar a un hijo o llevar a un padre al médico como un favor excepcional que merece aplausos.

El problema nunca fue que las mujeres desearan hacer carrera profesional, y trabajar, esto es apenas natural y necesario para dignificarlas y proporcionarles independencia económica, lo que ha significado una de las conquistas más importantes de las mujeres. El problema real es que el éxito empezó a medirse con reglas pensadas para personas que podían vivir como si el cuidado no existiera, como si nadie tuviera hijos, padres mayores, gente enferma a cargo o, simplemente, un cuerpo con límites. Según Lean In y McKinsey, seis de cada diez mujeres en cargos directivos dicen sentirse agotadas con frecuencia.

Lo interesante es que hasta el agotamiento se volvió mercancía, hay toda una industria del bienestar —apps, retiros, coaches— que factura vendiendo maneras de sobrellevar individualmente un colapso mental y físico como consecuencia del burnout. Se nos vende hasta la crítica al sistema, empaquetada como producto de autocuidado.

Por lo anterior, no sorprende que muchas mujeres encuentren atractiva la figura de la tradwife, para algunas no es una renuncia, sino la fantasía de bajar el ritmo, y lo complejo comienza a aparecer cuando elegir el cuidado del hogar deja de ser una decisión libre y lo que hay detrás es una relación de dependencia económica, manipulación religiosa o violencia disfrazada de romanticismo.

Y aquí vale desmontar otro mito: la mujer de Proverbios 31, tan citada para justificar el hogar como destino único, compra terrenos, comercia y dirige su casa con sabiduría. Reducirla a esposa pasiva es no haber leído el texto.

En Colombia dimos un paso con la reducción de la jornada laboral a 42 horas semanales. Pero una jornada más corta sin redistribución real del cuidado en casa no libera tiempo para las mujeres: lo llena de más trabajo doméstico invisible. Por eso la próxima pelea tiene que ser distinta: licencias de paternidad obligatorias y no transferibles, para que cuidar deje de ser opción masculina y pase a ser obligación legal. Liderazgo medido por resultados, no por disponibilidad. Y una cultura que deje de aplaudir a un padre por hacer lo mínimo y empiece a exigírselo.

Mientras sigamos preguntando si el modelo correcto es la girlboss o la tradwife, seguiremos discutiendo el síntoma y no la enfermedad.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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