Federico, el crítico de arte

El video, ya editado, dura cosa de un minuto. Se ve al alcalde Federico Gutiérrez Zuluaga muy serio, quizá porque está convencidísimo de que lo que está diciendo es así como él lo dice. Mejor dicho, se lo cree. Y eso es parte del problema.

Esto es lo que dice:

«El arte urbano está reglamentado a través de la Mesa de Grafiti de un acuerdo municipal. ¡Y lo hicimos hace años! ¡Y funciona!», declara. Y luego lanza a su audiencia, que no se ve, una pregunta: «¿Por qué tratan algunos de enredar el ambiente sabiendo que hay una agenda política detrás muy clara de provocar y lograr generar malestar?» y cierra con una sentencia que deja ver el camino que recorre su disertación: «Yo no estoy hablando ni de izquierda ni de derecha ni de centro, estoy hablando de sentido común».  

Viene luego la defensa de las paredes, porque hay que ver cómo le gusta al alcalde y a algunos de los suyos repintar ciertos muros: «El espacio público es de todos. Una administración tiene que mantener el orden para todos, pero nosotros no podemos dejar que cualquier persona pueda hacer lo que quiera en el espacio público». Y finaliza con un ejemplo de su miopía en lo que se refiere a la creación artística: «Y no confundamos el arte, no confundamos la cultura, con algo que se puede convertir es en provocación».

¡Ja!

Habría que decirle al señor alcalde que el arte contiene en sí mismo el gen provocador. Pero parece que es el mandatario de Medellín quien confunde arte con adorno, que considera que la misión del artista es solo brindar a quien se acerca a su obra posibilidades de contemplación.

A Gutiérrez Zuluaga, parece, le gustan esas obras que, tras estar frente a ellas, lo dejan igual que como estaba antes de verlas, que no lo cuestionan o que ni siquiera lo conmueven. Espera solo estética, nada de ética.

Olvida, o prefiere hacerlo, que hay en el arte —sin que sea una obligación— un espíritu contestatario. Es casi risible, si no fuera peligrosa esa cercanía con la censura con la que coquetea el alcalde de Medellín, imaginárselo preguntándole a Picasso, tras visitarlo en el taller en París donde le daba vida al Guernica, si no creía que su cuadro podría tener una agenda política detrás muy clara y quizá generar algún malestar, por ejemplo, a los fascistas.

O aconsejándole a Gustave Courbet, con el tono admonitorio de quien se siente escandalizado, que tal vez no debería exhibir esa obra suya que insiste en llamar El origen del mundo, tan escandalosa ella, tan explícita, que le ponga algo de sentido común y piense en las buenas costumbres.

O reconviniendo a Débora Arango para que coja de nuevo el pincel y pinte cualquier cosa, algo blanco, una hoja de parra, algo, por dios santo, sobre el pene de ese Jesús muerto en los brazos de su madre, que esa Dolorosa de ella «se puede convertir es en provocación».

Además, se engaña el mandatario a sí mismo e intenta engañar a su audiencia cuando afirma que sus brigadas de pintura gris —que recorren la ciudad restituyendo el color que parece preferir para las paredes— no tienen nada que ver con los espectros políticos, porque ha quedado claro que el Fico censurador o el Fico crítico de arte solo se despierta cuando el mural que no ha visto o el libro que no ha leído suele estar en contravía con lo que él ha denominado el lado correcto de la historia, que es el suyo, por supuesto.

Sé —o lo sospecho— que el alcalde de Medellín seguirá persiguiendo a quienes ofrecen un punto de vista diferente al suyo y que las anteojeras que se impuso a punta de prejuicios seguirán determinando su camino, sus acciones y declaraciones.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar