Ética: de la desazón a la esperanza

La ética está pasada de moda. No solo parece algo antiguo y ajeno, sino que a roza con el desprestigio. Hoy, lo que está en auge es presentarse ante el mundo con cierta viveza; sin mucha reflexión y con un marcado individualismo.

Este panorama genera muchas inquietudes sobre la ética: ¿es prescindible?, ¿para qué sirve?, ¿se puede enseñar?

Dice Adela Cortina que todos los seres humanos somos inevitablemente morales, tenemos una estructura moral que, según el contexto social en el que crecemos, nos permite forjar el carácter y tomar decisiones. Menciona que lo mejor que uno puede aprender a lo largo de la vida es a generarse un carácter que le lleve más cerca de la felicidad que de la desdicha.

En este sentido, la ética no es, como dicen algunos, “subjetiva”. Tenemos los seres humanos la capacidad de distinguir qué es lo correcto y qué no lo es; incluso, más allá de lo que culturalmente aprendemos. Esa estructura moral hace parte de nuestro diseño como seres humanos y se ejerce en el propio contexto. Por lo tanto, no, no podemos prescindir de esta.

La ética no es solo teoría o ideas. Es, precisamente, el paso adicional: nos pregunta cómo la reflexión se aplica en la vida. Según André Comte-Sponville la ética responde a la pregunta “¿cómo vivir?”. Es, para él, un arte de vivir: tiende hacia la felicidad y culmina en sabiduría.

La ética sirve para que las decisiones que tomamos cada día nos acerquen a la dicha. Es decir, en cada uno de nosotros reside la oposición entre lo bueno y lo malo; entonces, la ética nos ayuda a preguntarnos por esa tensión, a decidir hacia dónde avanzar como individuos y como seres sociales. 

Nos proporciona una guía para reconocernos unos a otros. En este mundo que habitamos una fuente de angustia es la incertidumbre; pues bien, la ética nos arropa con unas certezas básicas: los seres humanos estamos vinculados unos a otros y en esa relación cada uno de nosotros tiene un espacio para decidir en libertad.

Finalmente, sí creo que podemos, como sociedad, apegarnos a nuestras estructuras éticas para reaprender a relacionarnos. Para recurrir a la potencia de cada uno y propender por relaciones más justas, más compasivas. No es cierto que solo somos seres egoístas o malos. Somos seres capaces de redefinir ese “cómo vivir” desde los vínculos de la cooperación y la solidaridad.

La ética no es tendencia. Y eso se nota. Sin embargo, entre tanta desazón y angustia, la ética nos da piso; nos recomienda acciones cotidianas que nos ayudan a recuperar la esperanza; a obrar con moderación y con sensatez. Nos ilumina en la diferencia; en el reconocimiento de las posibilidades y los límites propios y ajenos.

La ética nos constituye, es parte de aquello que nos hace ser quienes somos. Y podemos ser, entre todos, más justos y felices.   

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

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