Embriaguez de autoridad

“Puede existir una enfermedad que se llame “embriaguez de autoridad” y seguramente la sufren y la han sufrido eminentes mandatarios, reyes, presidentes, generales. Pero en este pequeño ser tosco, incipiente, incomprensivo, inintelectual, aquella embriaguez adquiere caracteres francamente ridículos. Es de ver cómo se esponja, adopta aire solemne, inquiere, se entromete, hace y deshace, y tuerce y complica el espíritu y la letra de la ley, que no conoce; tiene un purito de hacerse obedecer, un pundonor excesivo en el mandar que no permitirá la más leve desobediencia, rectificación o contradicción (…)”

Usted lo leyó y pensó en alguien. La belleza de este texto de Luis Tejada es que aplica muy bien para esa persona. Y para el otro, el opuesto, también. Revíselo hoy o mire al pasado o imagínese el futuro, porque Luis Tejada escribió a principios del siglo XX (falleció, de 26 años, en 1924) pero ese párrafo no tiene temporalidad.

De esa enfermedad que él describe tenemos registros antiquísimos muy parecidos. Para los griegos la hibris era terrible. La etimología alude a la desmesura, al orgullo, a la soberbia. Es la embriaguez por el poder que ciega a quien quiere más, por encima de otros, a quien cruza los límites, a quien no es consciente de su lugar en el universo.  

Pero volvamos a Colombia. Para donde miremos encontramos embriagados por el poder, sobre todo en el sector público: quienes confunden el rol del funcionario, quienes no comprenden su lugar en el gobierno, quienes no aceptan que su tarea es el servicio.

Por el lado del gobierno saliente, un ejemplo preciso de la embriaguez: Gustavo Petro, ese “ser tosco, incipiente, incomprensivo” que no asume las consecuencias de sus errores, le sirvió del mismo vino a Juliana Guerrero y le hizo creer que ella era intocable. Ella, embriagada, y custodiada por otros, cruzó los límites de su gestión. Desde la obtención fraudulenta de los títulos profesionales, hasta los presuntos casos de corrupción que la favorecerían a ella y a su hermana.

Y parados en esa puerta de salida, vemos caminar de frente al presidente electo. Se ve tambaleante por su propia hibris. “Se esponja, adopta aire solemne”. Camina y ya va dando muestras de su enajenación: habla de que hará milagros en la patria mientras mira para otro lado cuando se le pregunta por sus vínculos con tantos “alias”. No aclara aún si su lealtad es con el país que presidirá o con el país del norte en el que le saben más de una verdad inconveniente.

Unos y otros creen que el poder es eterno, ¡y nada más efímero! Después de la hibris siempre aparecer la caída. Y ahí está la némesis que no llega como una suave resaca. Es contundente, es la que recuerda la consecuencia de los actos. Tal vez en Colombia nos acostumbramos a que la caída sea lenta, a veces sin justicia, pero lo cierto es que no hay poder eterno.

Aquí el llamado desde Grecia o desde la Colombia de Luis Tejada es muy parecido: todos somos vulnerables ante esa embriaguez. A todos nos tienta la soberbia, la arrogancia. Pero la vacuna existe: es la humildad para darnos cuenta de cuál es nuestro lugar en el mundo. Saber que nadie, por más poder que ostente, es eterno. Saber que tenemos fecha de caducidad y que la autoridad, cuando se ejerce con dignidad, no está para servirse de ella, sino para servir.

El alivio está ahí: buscar la némesis en nuestro interior, esa voz que nos recuerda que somos mortales y que, al final, el poder siempre termina.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

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