Hay dos notas publicadas por la sección Colombia del diario El País, de España, que coinciden en una palabra en sus titulares. Las separan apenas cinco días. La palabra que se repite es silencio.
La primera es del 18 de julio y la firma Santiago Torrado. Dice: «El ruidoso silencio de Abelardo de la Espriella por la muerte de Johan Sebastian Durán Guerrero». Cuando miembros del ICE balearon a este ciudadano colombiano, el futuro vicepresidente andaba de gira apretando manos de funcionarios estadounidenses. Ni él ni su jefe dijeron nada al respecto del asesinato.
Ya han corrido suficientes ríos de tinta sobre la sumisión ante el trumpismo del gobierno que empezará el 7 de agosto.
La otra nota es del 23 de julio: «El feminicidio de María Camila Potosí expone el silencio oficial sobre la violencia de género». Es de la periodista Valentina Parada Lugo.
El artículo da cuenta de la inexistencia de declaraciones del presidente saliente y el presidente entrante sobre el escalofriante caso de la joven caleña, con perdón del adjetivo a falta de mejores palabras. El uno, durante su campaña, abrazó y logró que lo abrazara la causa feminista, a la que luego le dio la espalda. El otro, durante la campaña, mintió sobre su real participación en la creación de la ley Rosa Elvira Cely.
Callar. Allí donde se necesitan voces, callar. Cuando es más necesario escuchar lo que tienen por decir los responsables de representar a los ciudadanos agrupados en el conjunto llamado Colombia, optar por el silencio. Silencio cómplice, silencio ante lo que consideran, quizás, irrelevante.
El mutismo selectivo es cosa curiosa. Lo practican y exhiben, con mucho talento, el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y el gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón. Cuando, el 14 de marzo, el entonces candidato presidencial Iván Cepeda dijo aquello de que «…Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía, y del terrorismo de estado…» fue como si los hubieran espoleados y saltaron de inmediato ante sus audiencias para reclamar respeto por esta tierra que, sintieron ellos, había sido vapuleada. Alzaron la voz ellos, claro, y otros tantos: medios, empresarios, opinadores, eso que llaman la institucionalidad paisa.
Los hechos, con un protagonista diferente, se repitieron hace poco, el 21 de julio, para ser preciso. Durante uno de esos momentos del llamado empalme regional, el señor que está ad portas de empezar a ejercer como presidente de la república, dijo, con el alcalde Gutiérrez y el gobernador Rendón a su lado que, en Medellín «está la cabeza de la serpiente del narcotráfico y el crimen organizado». Dijo más, que desde esta ciudad salían las órdenes criminales para el resto de Colombia.
Y allí, con el ofensor a su lado, alcalde y gobernador guardaron (lo siguen haciendo) total silencio. Vaya uno a saber si es que consideran intocable, venerable e incuestionable el pasado antioqueño que señaló Cepeda y en cambio les parece una radiografía acertada el presente de la ciudad que señaló De la Espriella y, por eso, callaron.
O quizá es que refrenaron la lengua (ellos, los medios, los empresarios y eso que llaman la institucionalidad paisa) porque lo que les molesta no es el mensaje, sino el mensajero y les sirve exhibir su malquerencia con unos, pero ejercer la lambisconería con otros.
Hay un montón de palabras para ese tipo de personajes. Sobachaquetas, lambones aduladores… Los gallegos les tienen otra denominación que tiene cierta gracia y sonoridad: botafumeiros. Dante los destina al octavo círculo del infierno, donde tienen una fosa reservada para ellos. Quizá el peor de los silencios sea ese, el del servilismo, pero quedan bien retratados.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/