El milagro que nos conviene

El viernes 7 de agosto estaba rodeada de gente frente a un televisor, viendo la posesión presidencial. La tía reza «amén» con el sacerdote. Un amigo dice que lo que más valora es que, por fin, tengamos un presidente bien vestido. La mamá de alguien rescata el vestido de la primera dama. Una amiga se emociona por volver a ver una familia bella y unida. Otro amigo se entusiasma cuando el nuevo presidente se autodenomina «el tigre». Yo miro la pantalla, miro a mi alrededor y me pregunto si estoy inmersa en un capítulo de Los Simpson.

A mí no me emociona. Me parece raro, incluso un poco bizarro. Veo mucha puesta en escena, mucha admiración y todavía no entiendo muy bien de dónde sale tanto mérito. Y entonces pienso que quizá el problema no sea solo el presidente. Quizá también seamos nosotros.

Tengo una tesis: a los colombianos nos encantan las promesas sin método. Nos gusta que nos prometan el resultado sin preguntarnos por el procedimiento. Nos seduce más la promesa de un país distinto que la explicación, casi siempre menos emocionante, de cómo construirlo.

Petro nos prometió transformación, cambios históricos, justicia social y el fin de décadas de desigualdad. Durante cuatro años vimos simbologías, cortinas de humo, peleas con medio mundo y una enorme capacidad para convertir los problemas del país en batallas ideológicas. Muchos de quienes hoy celebran que ese gobierno terminó pasaron cuatro años denunciando el populismo, la grandilocuencia y el uso político de los símbolos. Hoy celebran, aplauden y bendicen a la «Patria Milagro», rezan el rosario televisado y comparten las cadenas de oración.

Y ahí es donde creo que Petro y Abelardo se parecen más de lo que nos gustaría admitir. No porque sus ideas, valores o políticas sean equivalentes. No lo son. Se parecen en algo más sencillo: ambos parecen haber entendido que es más fácil movilizarnos alrededor de un enemigo que alrededor de un método.

Cada uno llegó, de alguna manera, como un salvador dispuesto a pelear contra los demonios del otro. Petro contra las élites, el establecimiento, el uribismo y la derecha. Abelardo contra la izquierda, el progresismo, el petrismo y eso que agrupa bajo las batallas culturales de los últimos años. Cambian los enemigos, cambia el lenguaje y cambia el público, pero la lógica se parece: primero hay que identificar al culpable; después, prometer que derrotarlo será suficiente para cambiar el país.

Y, sinceramente, no creo que ahí estén los principales problemas de Colombia. Los problemas son otros: falta de oportunidades, corrupción, impunidad, grupos armados, narcotráfico, violencia e injusticia. Son problemas complejos, sin un villano único y difíciles de convertir en una consigna. No se resuelven ganando una batalla cultural ni encontrando al enemigo correcto. Exigen instituciones, decisiones impopulares, prioridades, recursos, acuerdos y, sobre todo, método.

El populismo funciona porque alguien promete, pero también porque alguien está dispuesto a creer. Tal vez por eso somos tan buenos identificándolo cuando viene del otro lado y tan indulgentes cuando habla nuestro idioma, comparte nuestros miedos y señala a nuestros enemigos.

Quizá el populismo no nos molesta tanto cuando dice exactamente lo que queremos escuchar. Quizá, al final, el milagro que más nos gusta es el que nos conviene creer.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar