Para escuchar leyendo: Coplas a Fray Martín, Chabuca Granda.
Tras el triunfo de Lula, en Colombia todos quieren subirse al barco. A la izquierda le gustaría que aquí se hubiera votado como allá, al centro le gustaría tener un Lula colombiano, y a la derecha tradicional, uno parecido para debatir. La nueva derecha la sospecho tranquila con su ausencia. Pero todas olvidan que Lula no es solo una persona: es un proceso.
El PT nació de los sindicatos metalúrgicos a comienzos de los ochenta. Perdió elecciones durante dos décadas, aprendió a negociar, a tejer alianzas y a gobernar con quienes no pensaban igual. Llegó al poder en 2003 con una izquierda que ya había pasado por el aprendizaje. Esa madurez no se improvisa ni se importa.
La izquierda colombiana no tuvo ese lujo. Entró al siglo sobreviviendo, escondida o exiliada. La Unión Patriótica fue exterminada por la ultraderecha, y lo que sobrevivió fue minado desde la ultraizquierda, que le regaló al país el argumento perfecto: si ser de izquierda es lo mismo que empuñar un fusil, ser de izquierda es peligroso. En Colombia la palabra “guerrillero”, que es sinónimo de “terrorista”, lo fue también de cualquier idea progresista. Ningún partido madura bajo esas condiciones. La izquierda enterró a sus dirigentes cada década, no formó cuadros, formó mártires.
Ahora bien, con esa realidad puesta de presente, breguemos a entender por qué se lee tanto por estos días que necesitamos un Lula. Una izquierda moderna debe entender que el muro de Berlín cayó, y también que no conquista indecisos hablándoles de la metafísica del alma de la pacha mama. Tampoco ganará exigiendo el voto como certificado de bondad moral, como si quien piensa distinto fuera peor persona. Persuadir no es sermonear. El votante que decide en la segunda vuelta no busca un guía espiritual: busca que el bus pase a tiempo, que el hospital atienda, que el arriendo alcance. (En este punto, suscribo casi a totalidad la buena columna de mi compañero Juan Carlos Bolívar @juancarbolivar “La izquierda que sí remonta”).
Esa izquierda puede empezar con tres cosas fundamentales. Primero, cifras antes que consignas: saber de dónde sale la plata y cuánto cuesta cada promesa. Segundo, instituciones antes que caudillos: partidos con cuadros, reglas y relevo, no movimientos que dependen de un solo apellido. Tercero, la capacidad de ganar sin humillar: gobernar para el que no votó por vos es lo que distingue a un proyecto de un bando.
También debe reconciliarse con la producción, la empresa y el campo, y dejar de tratarlos como sospechosos. Lula gobierna con banqueros y con sindicalistas, y por eso logró algo que nunca se había registrado en la historia democrática de Brasil, remontar una derrota en primera vuelta.
Por eso lo de “el Lula colombiano” me parece un error de enfoque. No necesitamos un hombre, necesitamos décadas de construcción que nos robaron en parte, y que debemos empezar sin esperar a que nadie nos haga el favor. Quien busque un Lula en el espejo de este año encontrará un disfraz. Quien busque liderazgos, partidos y paciencia encontrará, ojalá, el comienzo de algo.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/