El fútbol sí es político, aun con muchos cobardes en la cancha

Dicen que el fútbol y la política no se mezclan. Sin embargo, terminó el Mundial y, más allá de la pasión que deja este deporte, quedaron muchos mensajes que nunca se dijeron en una rueda de prensa ni aparecieron en las miles de pantallas alrededor del mundo. Quizás el fútbol también se juega en todo aquello que pasa fuera de la cancha y que muchos insisten en llamar «solo deporte».

La victoria de España no fue únicamente la de una selección. También nos recordó que detrás de una camiseta hay un país con una monarquía parlamentaria, con tensiones territoriales que siguen abiertas y con una identidad que todavía se debate entre diferentes nacionalismos. Argentina, por su parte, volvió a mostrar la bandera que reivindica que las Islas Malvinas son argentinas. No es un gesto improvisado. Las Malvinas fueron ocupadas por el Reino Unido en 1833 y, desde entonces, Argentina ha reclamado su soberanía. En 1982 ambos países fueron a la guerra por esas islas, un conflicto que dejó más de 900 muertos y una herida que todavía atraviesa la memoria colectiva argentina. Por eso, cada vez que esa bandera aparece en un estadio deja de ser únicamente una bandera; también es memoria, identidad y una posición política.

Mientras tanto, el presidente argentino Javier Milei reafirma su respaldo al Estado de Israel, al tiempo que en las tribunas del Mundial aparecían banderas de Palestina. Un torneo de fútbol terminó siendo también un escenario donde se colaban debates sobre guerras, fronteras y derechos humanos. ¿De verdad alguien puede seguir diciendo que el fútbol ocurre en una burbuja completamente aislada de lo que pasa en el mundo?

Uno de los hechos que más me llamó la atención fue el protagonizado por los jugadores de la República Democrática del Congo, quienes decidieron cubrirse la boca como un gesto de protesta. No pronunciaron un discurso ni interrumpieron el partido, pero el mensaje fue evidente: también hay silencios que denuncian. A veces un gesto comunica mucho más que una entrevista de diez minutos.

Y también hubo espacio para los prejuicios. Cuando algunas selecciones africanas realizaron rituales tradicionales antes de los partidos, no faltaron quienes hablaron de brujería o superstición. Sin embargo, cuando países europeos como Noruega mantienen prácticas ancestrales ligadas a su cultura, suelen presentarse como folclor, identidad o tradición. ¿Será que el debate realmente era sobre los rituales o sobre quiénes los hacían? Vale la pena preguntárselo.

La FIFA tampoco deja de ser una contradicción interesante. Durante años ha prohibido camisetas, brazaletes o mensajes porque los considera «demasiado políticos», pero al mismo tiempo convierte cada minuto del Mundial en un espacio comercial. Hasta las pausas de hidratación tienen patrocinador. Entonces la discusión ya no parece ser si el fútbol puede mezclarse con la política, sino qué tipo de política resulta incómoda y cuál es perfectamente aceptable cuando genera millones de dólares.

Colombia tampoco estuvo al margen. Varios jugadores respondieron que ellos «no hablan de política» cuando fueron despedidos por el presidente Gustavo Petro antes del Mundial. Sin embargo, después de la eliminación aparecieron gestos y mensajes que muchos interpretaron como referencias al presidente electo. Y ahí aparece una contradicción interesante: algunos futbolistas aseguran que no hablan de política, pero terminan haciéndolo cuando las circunstancias les resultan cómodas. ¿

 Tal vez me estoy metiendo en la boca del lobo. No soy comentarista deportiva y todavía hay quienes creen que las mujeres no sabemos de fútbol. Puede que no pueda explicar mejor que un técnico un esquema táctico o una presión alta, pero sí puedo preguntarme por qué seguimos insistiendo en separar el deporte de la sociedad como si uno no reflejara al otro.

Y, paradójicamente, uno de los mejores ejemplos está en nuestra propia casa. La Selección Colombia femenina ha conseguido hitos que hace unos años parecían imposibles: fue subcampeona de la Copa América en tres oportunidades, alcanzó los cuartos de final del Mundial de 2023, llegó a la final del Mundial Sub-17 de 2022, fue subcampeona del Mundial Sub-20 de 2010 y volvió a clasificar al país a unos Juegos Olímpicos. Sin embargo, pocas veces esas gestas reciben la misma atención, el mismo respaldo o la misma pasión con la que se acompaña a la selección masculina. Y cuando algunas de sus jugadoras decidieron expresar públicamente sus posiciones políticas o su orientación electoral, no tardaron en aparecer quienes les exigieron que «se dedicaran a jugar». Curiosamente, esa exigencia suele hacerse con mucha más fuerza cuando quien opina es una mujer.

No escribo esto para convencer a nadie de que el fútbol debe convertirse en una tribuna política. De hecho, creo que vale la pena abrir la discusión en sentido contrario: ¿es posible que nunca haya dejado de serlo? ¿O simplemente nos incomoda reconocerlo cuando la política aparece en una camiseta, en una bandera, en un gesto o en una declaración que no coincide con nuestras propias ideas?

El fútbol sí es político, aun con muchos cobardes que lo practican. Así que, señores, a veces hay que tomar partido. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/

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