“…estaba sin escudo cara a cara con la existencia
y la existencia depende de la belleza.
Al final.
La existencia no parará
hasta que alcance la belleza y entonces ahí seguirá con todas las consecuencias hasta el final”.
Anne Carson.
Estuve un mes siguiendo el rastro de la belleza en Turquía. Quien conozca ese país sabe que es territorio de gatos. Que los gatos son los dueños de sus calles, pero que eso no los hace abandonados, hambrientos, sucios ni enfermos. Así como en la India uno encuentra pequeñas ofrendas de flores y alimentos en escaleras y entradas, en Turquía se camina entre montoncitos de cuido y vasos de agua. La gente adora a esos animalitos de pintas diversas y los alimenta, los acaricia, les abre sus puertas de manera permanente, así que restaurantes, hoteles, tiendas y casas ven entrar, dormir y salir a su antojo gatitos como la normalidad.
Precisamente en las calles, los gatos —y sus cuidadores invisibles— dejan las postales más hermosas: acurrucados y redondos sobre las sillas de las motos, en los techos o las llantas de los carros, en las raíces de los árboles y las estanterías de los bazares… Cada postura y cada montoncito de cuido, cada vaso de agua (nunca derramado), fueron una especie de tregua con la vida. Venden cuido para gato en los sitios más insospechados porque me atrevería a decir que cualquier persona está dispuesta a comprarlo en cualquier momento para proteger a quienes embellecen y llenan de ternura y particularidad su territorio. Lo de siempre: cuánto dice de una sociedad el trato que les da a sus animales.
Viajando traté de esconderme de la oscuridad del mundo, de refugiarme en el hallazgo de lo descomunal, que lleva años siendo mi motor. Se filtraron gotas que amenazaron la burbuja, pero la burbuja resistió para sanar un poco antes de regresar. Aun así, al volver, la oscuridad está. Así como la dificultad de hablar porque hoy hacerlo en voz alta es poner el pecho ante la daga. Escribió Anne Carson en un poema: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre; tiene que desenrollarse en algún lado (…)”.»
Tengo un compañero de viaje que es también mi compañero de jardín y de vida. Compartimos los vacíos. A veces leemos en silencio en un sofá, cada uno con la cabeza en una esquina, y él me busca con el pie, lo estira, adapta la planta perfectamente a algún pedacito de mi pierna y ninguno dice nada, pero es un contacto calentito, el silencio tibio del amor, tan urgente. El pie enroscado como los gatos mientras contemplamos los pájaros bañándose en las piscinas que ponemos para ellos. Eso es volver cuando se comparte la vida con alguien que sabe mirar.
Me impresionó leer que el cineasta premiado por el famoso documental de cuatro letras teme regresar a su país no tanto por lo que puede hacerle su gobierno, sino sobre todo la propia sociedad. Qué estamos construyendo. Qué mundo para vivir dónde. Escribió Máriam Martínez-Bascuñán que «hay una medida mínima de la decencia de una sociedad, anterior a cualquier ideal de justicia, que la ética política lleva décadas recordándonos y consiste en que sus instituciones no humillen a quienes deberían proteger». Las calles del mundo están llenas de respiración urgida de vida. Hay que posibilitar el encuentro con la belleza en esas calles de la manera más cotidiana, más elemental, y que el reflejo de esa belleza —nuestro espejo— no nos devuelva monstruos, sino ríos que fluyan limpios. Que estemos a la altura de la existencia, que depende de la belleza y no parará hasta alcanzarla.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/