Medellín ha sido pionera en muchas cosas. Bogotá también lo fue. Medellín fue reconocida por su transformación a partir del urbanismo social; Bogotá sufrió una revolución amable con el poder de la cultura ciudadana. A Bogotá llegaron los Moreno y a Medellín los hermanitos Q. Allá y acá hubo destrucción, sobre todo, de la confianza y el capital social.
Pero también se había marcado una gran brecha entre una y otra ciudad. Para muchos, esa era también parte de la fórmula del éxito de Medellín. Su capacidad de construir sobre lo construido y de establecer amplios consensos sociales. Por eso en Medellín no se veían esas discusiones de metro elevado o subterráneo. Era simple: solución de movilidad.
En esas discusiones áridas —que poco tienen de ideológicas— entre izquierda y derecha, Bogotá asumió por muchos años un coste de oportunidad inmenso por la obstrucción de grandes proyectos de ciudad que pudieron significar soluciones a la calidad de vida de cientos de miles de ciudadanos.
Medellín está siguiendo ese mismo sendero, con un condimento adicional: ha cazado una pelea con el hoy presidente y quien ha prometido ser el líder de la izquierda. El actual periodo de Federico Gutiérrez se ha caracterizado más por el rol de un púgil de la oposición nacional que por el de un gobernante enfocado en la gestión local. En términos electorales puede tener réditos; pero los costos para la ciudad son inmensos.
Medellín parece haberse desentendido de que la prioridad es ganarle la pelea a la pobreza, la informalidad, al déficit de vivienda y a la violencia misma. La ciudad dejó de ser referente y ahora se asemeja más a un ring para la pelea izquierda y derecha. Por eso ya no sorprenden las burlas de concejal a concejal o la pretensión de ridiculizar a la periodista que pregunta.
Espero que no estemos viviendo el aperitivo de lo que será el 2027: ganarle al oponente a costa de lo que sea; no importa si el partido del Alcalde usa la tipografía institucional o si, del otro lado, su jefe máximo ya demostró que prefiere incendiar que perder.
Oponerse a Petro y Quintero es muy fácil. Hasta en sectores de la izquierda semejante junte despierta repugnancia. Lo difícil es alinearse para gobernar con las mejores notas. Los resultados del desempeño institucional de Medellín publicados por la Función Pública recientemente no hablan bien de la gestión de Federico. Mientras que hoy Bogotá lidera, esta ciudad —que fue referente— no está entre las tres primeras.
Seguir enfrascando a la ciudad en esa pelea equivale a tener más frustraciones. Este es el momento para que llamar a la cordura. Levantar la mano durante la contienda electoral del próximo año puede ser tardío y costoso.
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