Esta semana, un operativo policial mató a “Cholo”, segundo cabecilla de Los Pachenca, y la respuesta del grupo —que incluyó amenazas que paralizaron el comercio y el transporte en Santa Marta— obligó al gobierno a militarizar la ciudad. Detrás de este episodio hay una guerra más vieja: desde hace años, Los Pachenca y el Clan del Golfo se disputan el control de la Sierra Nevada de Santa Marta, el “Corazón del Mundo” para diez pueblos indígenas, la montaña litoral más alta del planeta y la fuente de agua de tres departamentos. De esta historia hay cuatro lecciones que trascienden estos últimos días en la Sierra:
La primera: Pinocho, el máximo cabecilla de Los Pachenca, ya pasó por el sistema una vez y lo dejaron ir. Se acogió a la Ley de Justicia y Paz en 2011, el mecanismo para desmovilizados paramilitares. Volvió a delinquir en 2017. Lo capturaron en España en 2022, pero un juez colombiano lo dejó en libertad. Hoy es prófugo otra vez, y ofrece negociar su entrega bajo sus propias condiciones. Quince años después, sigue siendo el mismo hombre y el mismo problema sin resolver.
La segunda: el poder de estas estructuras no se mide sólo en armas, sino también en su capacidad de conectar con lealtades locales e imponer sin disparar. Hace tres semanas, el entierro de “Bendito Menor” en Riohacha reunió una caravana de motos, corridos y disparos al aire que mostró su base social. Esta semana, bastaron las amenazas a comerciantes y transportadores para paralizar buena parte de uno de los principales puertos del país.
La tercera: la Sierra es disputada porque el Estado nunca terminó de llegar. No es una casualidad ni una contradicción: es una combinación. El territorio cuenta con abundante agua, suelos fértiles, salida al mar y un turismo activo, lo que lo hace valioso. Pero las entidades del Estado que están ahí coordinan poco entre sí y no cubren bien las zonas rurales. Cuando algo vale mucho y nadie lo cuida de verdad, alguien más termina cuidándolo por su cuenta —y cobrando por ello.
Y la cuarta: negociar con un grupo armado durante años sin constatar una voluntad real de paz no solo no sirve de nada, sino que puede envalentonarlo. Mientras avanzaban las conversaciones de la Paz Total —un cese al fuego pactado en 2022 y un espacio de diálogo abierto en 2024—, Los Pachenca pasaron de unos 120 integrantes en 2019 a 594 en 2025, casi cuadruplicando su fuerza y aumentando su capacidad para extorsionar y ejercer control violento sobre el territorio.
La presión militar de esta semana es necesaria y debe sostenerse: un cabecilla que cae hoy no puede ser reemplazado mañana sin consecuencias. Pero la Sierra Nevada lleva décadas demostrando que los golpes por sí solos no bastan si no vienen acompañados de jueces, instituciones y presencia estatal sostenida en el tiempo, y que cada proceso de diálogo se cierra sin que nadie responda por lo que no se cumplió. Esa combinación —fuerza más Estado, no fuerza sola— es lo que ha faltado para que el “Corazón del Mundo” deje de estar, año tras año, bajo el control de quien esté dispuesto a imponerlo.
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