El circo se tomó el Congreso

Mientras la bancada del Pacto Histórico armaba su performance de playa en el elíptico de la Cámara —sombreros, gafas de sol, piña colada en mano, pelotas inflables y flotadores, todo dispuesto para «debatir» la moción de censura contra el ministro de Vivienda—, en el Senado ya se estaba votando esa misma moción. Y ahí está el detalle que lo explica casi todo: el Pacto Histórico había radicado la proposición de censura tanto en Cámara como en Senado, cuando la Constitución es clarísima en que, una vez una de las dos cámaras se pronuncia, la otra queda inhibida para hacerlo. El Senado votó y la negó. En ese instante, lo que ocurría en el elíptico de la Cámara dejó de tener cualquier sentido jurídico. No se podía votar, no se podía hacer nada. Ni siquiera se podía mencionar.

Pero, honestamente, ese dato —siendo revelador de lo poco que dominan la técnica legislativa quienes exigen rigor a los demás— no es lo que más importa aquí. Lo que importa, lo que de verdad hay que señalar, es la actitud. Es la forma en la que decidieron llegar a un recinto legislativo: en pinta de playa, con piñas coladas en mano, flotadores y pelotas playeras, a hacer un show que terminó, literalmente, golpeando a otro congresista con uno de esos balones que lanzaban de curul en curul, obligando a levantar la sesión porque ya no había garantías de respeto para continuar.

Y aquí está la contradicción que no se puede dejar pasar. Estos mismos congresistas llevan semanas —con razón, hay que decirlo— señalando que la actitud del ministro de Vivienda frente a la emergencia del 10 de agosto en Chocó fue una falla ética: que un funcionario público no puede desatender una tragedia mientras el país se cae a pedazos, que gobernar exige responsabilidad y coherencia, que hay una ética de lo público que no admite indolencia. Comparto ese reproche por completo. Pero la ética no se predica solo para señalar al otro; se practica, sobre todo, en la manera en que uno mismo ejerce su función. Y si la indolencia del ministro es una falla ética, disfrazarse de turista y montar un circo en el recinto donde se supone que los congresistas deliberan sobre las cosas que le importan a la gente, —asunto por el que además les pagan— es exactamente lo mismo: una falla ética. Con el agravante de que la cometen quienes se erigen en jueces de la ética ajena.

No se trata solamente de mal gusto o de falta de seriedad. Es una falta de altura y, sobre todo, una falta de respeto profundo por la institución que dicen defender. El Congreso de la República no es un set de grabación para producir contenido que circule en redes ni una tarima para reforzar una narrativa y sostener una conversación simbólica que no resuelve ningún problema. Es el lugar donde se hace país, donde se tramitan las leyes que deberían transformar la vida de miles de colombianos que, más allá del terremoto, siguen viviendo en condiciones indignas. Convertirlo en escenario de comedia —así sea porque ya no había nada que votar— es una forma de irrespeto institucional que no depende de si el resultado jurídico estaba o no definido de antemano.

Venimos de cuatro años en los que las instituciones fueron tratadas como adorno, como obstáculo, como algo que se podía moldear o ignorar según la conveniencia del momento. Se debilitó la Fiscalía, se instrumentalizó la Registraduría, se atacó a la Corte, se vació de contenido buena parte del andamiaje institucional que sostiene la democracia. Lo de hoy en la Cámara es otra expresión de lo mismo, aunque venga disfrazada de comedia playera: la institución vaciada de su sentido, puesta al servicio del show y no de la deliberación.

Colombia necesita recobrar el sentido de sus instituciones democráticas, y eso empieza por algo tan elemental como esto: la ética no es un argumento que se usa contra el adversario y se abandona cuando se trata de la propia conducta. Quien exige coherencia y responsabilidad en la función pública tiene que empezar por practicarla. Los debates —tengan o no un resultado político en juego— se dan con seriedad, con argumentos y con respeto por la institución y por quienes la habitan, aunque se piense distinto de ellos. Todo lo demás, por más que se disfrace de crítica al Gobierno, es simple y llanamente un circo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

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