Si hay algo que me conflictúa en este mundo hiperconectado, donde las redes sociales desempeñan un papel cada vez más trascendental en la comunicación política, especialmente por estas fechas, cuando se calientan las precandidaturas y en los partidos se disputan los avales, es la búsqueda de figuración y viralidad a toda costa.
No me malinterpreten. Creo que las redes sociales han permitido acercar la gestión y los logros de quienes elegimos como nuestros representantes a la vida cotidiana de la gente. Además, han servido de plataforma para muchas figuras emergentes cuyos mensajes, en otras circunstancias, difícilmente habrían logrado alcanzar semejante difusión. Es el caso del representante @Danielbricen, por quien siento una profunda admiración y respeto, o de influenciadores y activistas como @paboneada, @r3ntas y @mateocorrealsu, por mencionar apenas algunos de los que sigo y cuyo trabajo me gusta.
Sin embargo, los algoritmos que hoy gobiernan las principales redes sociales premian la interacción, sin importar si esta es positiva o negativa. Y hay quienes han aprendido a aprovecharse de esa lógica, convirtiendo la provocación, la confrontación y la búsqueda permanente de atención en una estrategia de figuración política.
Es aquí donde entra en escena el término rage bait, una expresión utilizada para referirse a aquellas publicaciones o comentarios cuyo principal propósito es provocar indignación, rabia o reacciones adversas en quienes consumen ese contenido. No puedo negar que, como usuario de redes sociales como X, en más de una ocasión me he servido de esta técnica para llamar la atención sobre determinadas discusiones, provocar respuestas o dar mayor alcance a mis opiniones.
Sería hipócrita criticar una práctica de la que yo mismo he participado. Sin embargo, creo que existe una diferencia importante entre recurrir ocasionalmente a la provocación como recurso comunicativo y convertirla en el eje central de una estrategia política. Una cosa es incomodar para suscitar una discusión y otra muy distinta es provocar por el simple hecho de generar interacciones, incluso cuando ello implique sacrificar la profundidad de los argumentos o la seriedad del debate público.
Hoy encontramos activistas, influenciadores y aspirantes a cargos de elección popular que se han convertido en auténticos maestros de esta técnica. Han comprendido que, en el ecosistema digital, una afirmación escandalosa, una provocación calculada o un comentario deliberadamente ofensivo pueden generar mucha más visibilidad que una propuesta seria y bien argumentada. Poco importa si las respuestas son de apoyo o rechazo: mientras más personas reaccionen, mayor será el alcance de la publicación. Así, la indignación ajena termina convirtiéndose en el combustible de su propio crecimiento.
Lo paradójico es que muchas veces somos sus críticos quienes terminamos haciéndoles el trabajo. Cada respuesta indignada, cada publicación compartida para denunciar sus disparates y cada discusión interminable contribuyen a amplificar aquello que pretendemos cuestionar. En otras palabras, terminamos premiando con nuestra atención precisamente las conductas que tanto nos molestan.
Por eso, considero que la mejor manera de enfrentar a estos provocadores es, sencillamente, no caer en su juego. Ignorarlos cuando su único propósito sea generar indignación y, cuando las circunstancias ameriten una respuesta, elevar la conversación hacia discusiones sustentadas en argumentos, datos y propuestas. Incluso el humor y la ironía pueden resultar herramientas mucho más eficaces que la indignación para poner en evidencia la superficialidad de ciertas provocaciones y dejar a sus autores en el lugar que les corresponde: el de simples provocadores.
Esto no significa renunciar a la confrontación política ni pretender que todas las discusiones deban desarrollarse con una solemnidad académica. La política también necesita pasión, controversia y, por qué no, algo de irreverencia. Pero cuando la provocación deja de ser un medio para transmitir ideas y se convierte en un fin en sí mismo, corremos el riesgo de transformar el debate público en una competencia por ver quién grita más fuerte o quién consigue indignar a más personas.
Quisiera cerrar con una reflexión dirigida a estos artistas del rage bait: ¿realmente vale la pena perseguir la viralidad y la visibilidad a cualquier costo? ¿Es esa la imagen pública que quieren cultivar? Porque, aunque hoy una provocación pueda traducirse en miles de seguidores, mañana puede convertirse en un lastre difícil de sacudir. La huella digital existe y tiene memoria. Tal vez las personas olviden lo que dijimos o hicimos, pero, como nativo digital, hay algo de lo que estoy convencido: las redes sociales no olvidan y siempre habrá un tuit, una publicación o una captura de pantalla con la que te van a salir a cobrar cuando cometas el más mínimo error.
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