He leído esta frase tantas veces con los escándalos de los últimos días. Gustavo Petro y su vida sexual activa, el caricaturista Matador refiriéndose a la primera dama y, como siempre, la pregunta de los sectores ultraconservadores: ¿ahora sí dónde están las feministas?
Aquí estamos, para defender lo que es defendible y no para alimentar polémicas ni convertirnos en comentaristas de chismes. Porque parece que algunos esperan que las feministas salgamos a pronunciarnos cada vez que una mujer está involucrada en un escándalo político, pero solo si lo hacemos en los términos que ellos esperan.
Sobre las burlas de Matador contra la primera dama, Ana Lucía, estoy de acuerdo en algo: ninguna persona debería ser motivo de burla por su apariencia física, mucho menos cuando quien lo hace tiene un canal con semejante alcance. No necesitamos simpatizar con una mujer, compartir sus posiciones políticas o respaldar al Gobierno para entender que su aspecto físico no debería convertirse en un argumento para humillarla.
Sin embargo, me preocupa que estemos concentrando toda la discusión en las caricaturas y dejando de lado otras preguntas. Todavía hay asuntos por esclarecer sobre el Fondo Milagro, que se anunció como una iniciativa destinada a las víctimas del terremoto y cuya gestión se ha relacionado con la primera dama. ¿Qué pasó con esos recursos? ¿Qué explicaciones se han dado y qué cuentas están pendientes? Defender a una mujer de las burlas no significa renunciar a cuestionar su gestión pública. Las dos cosas pueden hacerse al mismo tiempo.
Y lo ocurrido hoy en el Senado abre otra discusión. Que no se le permita a Matador intervenir, en medio de una controversia en la que se han invocado las burlas contra la primera dama y los señalamientos relacionados con su vida personal, merece una explicación que vaya más allá de la indignación política. Y es curioso que algunas de las voces que hoy se muestran tan preocupadas por la dignidad de las mujeres sean las mismas que utilizan el feminismo como arma arrojadiza contra sus contradictores políticos. ¿Dónde están las feministas?, preguntan. Estamos aquí, pero no para defender políticos ni para escoger a quién se le aplican nuestros principios según su partido o sus simpatías. No tenemos que salir a defender a una mujer de todo cuestionamiento por el simple hecho de ser mujer, así como tampoco podemos justificar las violencias contra ella por no compartir sus ideas.
En estos días Gustavo Petro publicó un comunicado en el que rechaza los señalamientos sobre su vida sexual y denuncia que se está intentando invadir su intimidad. Hay una discusión importante allí. Defiendo la vida íntima de quienes hacen política, porque tener un cargo público no significa renunciar a todos los espacios privados. Ya es suficientemente agotador vivir bajo el ojo público para que, incluso después de dejar un cargo, la vida sexual siga siendo uno de los temas centrales de la conversación política. Suelten a Petro un rato y pónganle el ojo a la avalancha que se aproxima.
Por supuesto, si existen denuncias concretas sobre posibles delitos o sobre el uso del poder público para obtener beneficios sexuales, deben investigarse. La intimidad no puede utilizarse como escudo frente a hechos de interés público, pero tampoco podemos convertir la vida sexual de una persona en un espectáculo ni dar por ciertas acusaciones sin pruebas. Una cosa es investigar posibles irregularidades y otra muy distinta es utilizar la sexualidad para humillar o desacreditar a alguien.
Las feministas debemos pronunciarnos frente a las violencias contra las mujeres, independientemente de quién las ejerza o de quién sea la víctima. Pero eso no significa que tengamos que convertir cada controversia política en una causa feminista ni que debamos defender a una mujer en todas sus actuaciones.
Y no, Jota Pe: la primera dama no representa a la mujer colombiana. Representa, tal vez, la idea de mujer que usted y algunos sectores de la ultraderecha quieren ver: una figura a la que pueden defender cuando les sirve para atacar a sus adversarios, pero cuya representación pretenden extender a todas las mujeres. Las colombianas somos mucho más que las esposas de los presidentes y que las figuras que ustedes convierten en protagonistas de sus disputas políticas.
Las feministas estamos aquí. No para defender lo indefendible, ni para alimentar el espectáculo, ni para acomodar nuestros principios a la conveniencia de ningún sector político. Estamos para defender derechos, incluso cuando hacerlo no les conviene a quienes hoy preguntan dónde estamos.
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