Distraerse buscando semejanzas

Mi amiga de hace décadas y colega en estas lides de poner por escrito opiniones, Catalina Montoya, publicó hace un par de semanas una columna que tituló El caudillo y el pastor en el espejo. Me la leí con juicio y gusto, como hago con casi todas —o todas, sin el casi— sus columnas.

Y a medida que avanzaba sentí la necesidad de responderle. Le escribí avisándole que lo haría… Y aquí voy.

El texto de Cata hace un recorrido puntilloso por las semejanzas entre dos personajes de la política nacional: el expresidente Petro y el actual presidente De la Espriella. Pone su talento con las letras y las ideas para lograr símiles que sirven para sacar sonrisas: «Son dos espejos que se miran y reproducen mutuamente sus imágenes hasta el infinito; dos gotas de bótox puestas una al lado de la otra».

Y presenta, luego, un repaso de esas semejanzas: dice que ambos temen al diferente y al contradictor. Que tanto el ex como el actual gobernante prefieren al sobachaquetas sobre el competente. Nos dice que el uno y el otro —me resisto a nombrarlos como animales por respeto a la majestuosidad de los felinos con los que se autodefinen— sufren de delirio de grandeza. Y estoy de acuerdo con ella.

Sin embargo, y ese es el gran pero, la comparación me resulta insidiosa porque, sin que me interese de ninguna manera ser defensor o escudero de Petro —que bien merecidas tiene las críticas que le llovieron, le llueven y, seguramente, le seguirán lloviendo— hay en esos parecidos más forma que fondo.

Y porque siento, además, que esa comparación entre personalidades invoca una falsa comparación entre proyectos políticos, que es a la vez una manera de insistir en un flojo argumento que se volvió masivo durante la pasada campaña electoral: que Colombia estaba decidiendo entre dos extremos iguales. Y la columna de mi amiga Catalina viene a confirmar eso mismo: ¡vieron que sí son la misma cosa!, parece decirnos.

Pero no lo son.

Yo mismo escribí, en junio de este año, una columna titulada ¿Cuáles dos extremos? Decía allí: «Y ahí, justo ahí, está la diferencia que a mí me parece insalvable entre lo que prometen el uno y el otro. Uno conjuga el verbo conversar, el otro riposta con el verbo destripar. El uno habla de proteger el ambiente, la casa de todos; el otro ni siquiera entiende qué es el fracking. El uno reconoce las diversidades humanas, el otro cree que la homosexualidad es algo que, lamentablemente, no tiene arreglo. El uno aboga por el bien común y el bienestar de las mayorías, el otro nos propone que se salve el que tenga con qué».

La diferenciación la hacía entre los entonces candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, porque finalmente era de entre ellos que saldría el presidente. Petro sería, en cualquiera de los casos, pasado.

Pero en el fondo era también una comparación sobre una manera de estar en el mundo, una forma de convivir con los otros. Y es por eso que la comparación entre Petro y De la Espriella me parece insustancial porque Petro dejó el poder y no era él quien competía contra el «defensor de la patria». Y, además, tiene cierta candidez: está muy atenta a las maneras, a los detalles, pero parece obviar los objetivos.

Recordé una frase que, me parece, viene al caso. Es de la actriz francesa Simone Signoret. O es a ella a quien se la atribuyen. Dicen que dijo: «Yo haría el papel de una fascista en una película antifascista, pero nunca haría un papel de antifascista en una película fascista».

Porque si pensamos en esas «dos gotas de bótox puestas una al lado de la otra» no ya como un par de personas, sino como lo que son en el fondo, dos ideas políticas, y las echamos a rodar, discurrirán por dos caminos distintos y distinguir entre el camino por el que se mueven y adonde conducen me parece más relevante que prestar atención al ego exacerbado de cada cual.

Signoret tenía claro el riesgo. Oponerse al fascismo en todas sus formas —las hormonadas o las hipocalóricas— no debería generar dudas al momento de actuar. Todas son peligrosas. Y nuestros pequeños privilegios no nos protegerán tanto como podemos o queremos pensarlo.

Al caricaturista Vladdo, quien durante los cuatro años anteriores pudo publicar todo cuanto quiso para criticar, burlarse o dejar en evidencia las torpezas de Petro y sus funcionarios, le bastó con publicar solo una recreación del paseo macabro de De la Espriella entre una decena de cadáveres para que fuera censurado. «Porque ahora vienen por los caricaturistas. Después vendrán por otros», dijo él mismo.

Insisto en algo que dije en aquella otra columna de junio: «…estoy convencido de que ese triunfo [el de De la Espriella] sí representará un retroceso en conquistas sociales y laborales, que envalentonará aún más a los envalentonados misóginos, clasistas y racistas, que fomentará la intolerancia y que nos harán mal como sociedad sus formas y sus fondos».

En poco más de 30 días de su gobierno es evidente que tales cosas han ocurrido. Aún le restan 47 meses en el poder. Dudo que los problemas que vengan estén en el parecido en las formas que pueda tener el actual presidente con el gobernante que le antecedió.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/  

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