Un médico aprende pronto que el diagnóstico tardío suele ser un diagnóstico inútil. El paciente llega cuando la enfermedad ya avanzó, y uno se pregunta por qué no vino antes, cuando los síntomas eran leves y el remedio barato. Los países se parecen a los pacientes en eso. Aguantan. Esperan a que el dolor no los deje dormir para pedir ayuda.
Colombia hizo una vez algo distinto. En 1997, la Fundación Buen Gobierno juntó en un mismo salón a gente que en ese entonces no se saludaba en la calle. Había políticos y empresarios, sindicalistas y académicos, y también voceros de los grupos armados, algunos de ellos sin poder estar presentes en la sala. A eso lo llamaron Destino Colombia. Lo condujo Adam Kahane, un canadiense que venía de Sudáfrica, donde había ayudado a que blancos y negros, todavía con la desconfianza a flor de piel, imaginaran juntos el país que seguiría al apartheid.
El método era sencillo, y por eso mismo exigente. Nadie tenía que renunciar a sus convicciones ni firmar nada. Se trataba de mirar hacia adelante con honestidad y describir a dónde llevaba cada camino. De esas conversaciones salieron cuatro escenarios con nombre de refrán: “Amanecerá y veremos”, “Más vale pájaro en mano”, “Por la razón o la fuerza” y “La unión hace la fuerza”. El primero pintaba un país que se dejaba arrastrar por la inercia. El último, uno capaz de ponerse de acuerdo en lo elemental, que es respetar la vida del otro.
En 2027 se cumplen treinta años de aquel ejercicio. Vale la pena preguntarse cuál de los cuatro escenarios terminamos habitando. Sospecho que un poco de todos, y demasiado del primero.
Hagamos la historia clínica de esta década, que se nos va en un suspiro. Llegó una pandemia que desnudó la fragilidad de nuestro sistema de salud y la de millones de hogares que viven del día a día. Nos tocó recibir a la mayor parte de un éxodo venezolano sin precedentes en la historia reciente del hemisferio, y lo hicimos con más generosidad que recursos. Perdimos el grado de inversión, que es la manera técnica de decir que el mundo dejó de confiar en nuestra palabra. El populismo, de un lado y del otro, encontró terreno fértil en el cansancio de la gente. Y el conflicto armado, que algunos creyeron en vías de curación, volvió a supurar en regiones que el Estado sigue sin conocer.
No sé bien a dónde vamos. Nadie lo sabe. Pero sí sé que a este ritmo y con este rumbo difícilmente esta será una década ganada. Ya no lo fue. Lo que todavía está en nuestras manos es que la siguiente no sea otra década perdida.
La violencia, lo he creído siempre, se comporta como una epidemia. Se contagia, se reproduce en condiciones de pobreza y de ignorancia, y cede ante las mismas medidas que curan cualquier mal colectivo: información, prevención, trato digno. Destino Colombia fue, en su momento, un ejercicio de medicina preventiva. Se reunió a los enfermos y a los sanos, a los que causaban el daño y a los que lo padecían, para que juntos describieran el curso probable de la dolencia. Esa conversación no resolvió el conflicto. Tampoco pretendía hacerlo. Dejó algo más modesto y más duradero, la prueba de que era posible hablar.
Hoy esa prueba hace falta. Vivimos encerrados en nuestras certezas, cada quien en su trinchera digital, convencidos de que el adversario es un enemigo y de que escucharlo equivale a rendirse. Así no se cura nada.
Por eso quiero proponer una nueva versión de Destino Colombia. No tengo la fundación ni el facilitador sudafricano. Tengo esta columna y la disposición a tocar puertas. En los próximos envíos voy a buscar a gente que piensa distinto de mí, y distinto entre sí, para hacerles la misma pregunta que se hicieron hace treinta años: qué país nos espera si seguimos así, y cuál podría esperarnos si cambiamos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/