El presidente Abelardo de la Espriella anunció su campaña contra el “wokismo” y, en su primera cruzada se fue, lanza en ristre, contra la sala del Museo Nacional “Hacer Sociedad” que contenía archivos históricos de diversos movimientos sociales y de los actores que participaron en procesos de paz en el pasado. El argumento del Presidente y la Ministra de Cultura es que las piezas (ojo: era material histórico, fuentes primarias, inalteradas, tal y como existieron en su época) servían para “adoctrinar”.
¿De verdad?
Presentar piezas de archivo que nos ayudan a comprender las motivaciones, causas y la Historia misma de diferentes movimientos de la sociedad civil, o que nos permiten comprender cómo se gestaron los tantísimos procesos de paz que hemos vivido… ¿es adoctrinar? ¿Acaso la exposición hacía propaganda de estos movimientos con frases como: ¡Adopta el feminismo! o ¡Tú puedes! ¡Vuélvete gay!? ¿Quizás era una alegoría de alguna de las guerrillas que en décadas pasadas firmaron acuerdos de paz? ¿Promovía la adhesión a algún grupo armado?
Me temo que no.
¿Qué es más doctrinario entonces? ¿Eliminar la evidencia histórica y construir narrativas de la Historia parciales y amañadas, convenientes para el gobierno de turno?
La guerra cultural de Abelardo, por todo lo demás, no debe sorprendernos. Estamos atravesando una época muy similar a la que vivieron nuestros antepasados hace un siglo. En aquel entonces, la inestabilidad económica, la anarquía del sistema internacional y los cambios culturales derivados del lento proceso de democratización de Europa (entre otros factores) sirvieron como caldo de cultivo para el surgimiento de grupos políticos radicales que iniciaron guerras sangrientas contra amplios sectores de la sociedad en sus propios países o contra países vecinos.
Hoy, la pandemia, las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, el giro al proteccionismo económico iniciado por Trump, la crisis inflacionaria y la creciente incertidumbre producto del avance de la IA, nos han puesto en una situación muy similar.
Los movimientos políticos radicales, que tan bien se nutren de las crisis sociales, pues crean la falsa ilusión de que pueden solucionar problemas complejos con recetas simples, crecen y crecen, nutriéndose de los miedos y la incertidumbre global. Recordemos además que, por lo general, estas “soluciones” implican atacar a poblaciones y grupos sociales específicos: los ricos, la izquierda, los gays, etc.
Entre 1915 y 1947 muchos de los partidos y movimientos radicales, liderados por figuras “antiestablishment”, que durante las primeras décadas del siglo habían sido aplacados por el liberalismo, cogieron fuerza, tanto en América Latina como en Europa. El comunismo en Rusia, el fascismo en Italia, el gaitanismo en Colombia, el franquismo en España, el peronismo en Argentina, el nacionalsocialismo en Alemania… Todos tenían en común su naturaleza colectivista y su rechazo a los principios de la democracia liberal.
Hoy, cuando democracias fundamentales como Turquía e India atraviesan profundos procesos de erosión institucional, los populismos de izquierda y derecha amenazan con acabar las pocas democracias que aún permanecen en pie. Sus ataques a las instituciones, los derechos humanos y los mecanismos de cooperación internacional han puesto a tambalear el orden político que intentamos construir tras la segunda guerra mundial, para impedir que se repitieran las guerras y las atrocidades cometidas contra la población civil por los regímenes autoritarios.
Hoy, con la guerra cultural de Abelardo de la Espriella, que se ha traducido en la suspensión de la participación de Colombia en la Coalición por la Igualdad de Derechos (ERC), en el Grupo de La Haya, la ya mencionada intervención del gobierno en el Museo Nacional, su crítica al concepto jurídico del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre «salud y derechos sexuales y reproductivos» y su solicitud de derogar la política nacional de educación sexual y reproductiva, el gobierno entra a formar parte del selecto grupo de la derecha populista, radical y conservadora de nuestra era, encabezada por Trump, Bukele, Milei y otros tantos que buscan imponer su ideología, castigar y reprimir…
Tal y como en el siglo XX, llegan al poder disfrazados de demócratas, o más bien, usan el juego democrático para llegar al poder. Desde allí, tal y como lo hicieron sus antecesores, arremeten contra todas las libertades individuales, y no descansan hasta conseguir limitarlas o eliminarlas, tal y como lo hizo Trump con el derecho fundamental al aborto en Estados Unidos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-emilia-gouffray/