Dejad que las máquinas escriban por mí

No es la primera vez que ocurre. En septiembre de 2020, el periódico inglés The Guardian publicó una columna escrita por un antepasado de la inteligencia artificial. El GPT-3 escribió un texto cuyo argumento principal era que los humanos no deberíamos temerles a las máquinas.

«En general, llevó menos tiempo editar que muchos artículos de opinión humanos», fue una de las conclusiones del editor de opinión del periódico en cuestión.

Ha habido otros ensayos, juegos, engaños (lo sé, soy docente, he leído textos que claramente han sido escritos usando ChatGPT, esperando que yo no me dé cuenta). El más reciente viene desde Italia. El periódico Il Foglio decidió hacer dos ediciones: una escrita por humanos; la otra, por la inteligencia artificial.

«Lo más inquietante (…) es que si no te lo dicen no te enteras», dice el periodista Íñigo Domínguez, corresponsable del diario El País en Roma. Y sin embargo, se cuestiona sobre las fuentes, sobre los enfoques, sobre la selección de los temas, sobre por qué esto y no aquello otro. Sobre la manera de ejercer el oficio en general y en particular.

Los responsables de Il Foglio dicen que su experimento durará un mes. Detrás de la versión escrita con la inteligencia artificial —¿o por la inteligencia artificial?— estarán las preguntas de los periodistas. El problema es que las respuestas las encontrarán gepeté y sus similares en la información que ya existe, en lo que está por ahí disponible para todos, porque las IA beben de lo que ya se sabe. ¿Y la investigación? ¿Y los hallazgos periodísticos? ¡Qué importan!, parece ser la conclusión.

Dejad, pues, que las máquinas escriban por mí. ¿Es acaso el fin del periodismo como lo hemos entendido? El cómo lo hemos ejercido es otra cosa.

El asunto es que les hemos dado a las inteligencias artificiales (en apenas un par de años de existencia pública y reconocida) el estatus de oráculos o de sabios. Preguntémosle a ChatGPT, termina siendo la sentencia o la salida a cualquier atolladero cuando faltan las ideas. Y su respuesta parece ser, entonces, la última palabra.

Y se le cree a pie juntillas aquello que te cuente. Da lo mismo si dice que en el 1-1 entre Colombia y Alemania en el Mundial de Italia 90, el empate lo marcó Faustino Asprilla.

Al final, lo que pasa es que vamos camino de la unificación (de la escritura, de lo sabido, del pensamiento), dictado una y otra vez por los algoritmos. La historia rehecha hasta que pierda el sentido o la gracia, lo que ocurra primero y que al final del día todos sepamos casi lo mismo y pensemos muy parecido.

Pienso ahora en algo más: en el arte, en la creación (que incluso es fundamental en el mejor de los periodismos). El propio Il Foglio escrito por IA incluía dos imágenes creadas por esta tecnología. Cuando Georges Perec publicó La disparition en 1972, la crítica fue impasible con ella. No notó, sin embargo, que en toda la novela no aparecía ni una sola vez la letra e, la más frecuente del francés, el idioma de Perec. La traducción al español tardó años y fue un proyecto compartido que tuvo por resultado casi que otra novela, pues se suprimió el uso de la a, la más frecuente en la lengua de Cervantes.

Le pedí al chatgepeté que lo intentara: «Escribe un relato breve sobre un hombre que descubre un tesoro sin usar palabras que contengan la letra A», le pedí. Fue incapaz en tres ocasiones… por ahora.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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