De Diego a Rodri

A los que nos gusta el futbol manejamos la medida de tiempo “mundialista” (periodos de 4 años terminados en par desde que tenemos memoria) y podríamos identificar en dónde estábamos, qué estaba pasando en nuestras vidas y quiénes eran nuestros mejores amigos y las novias en cada Mundial. Nos acordamos de nuestros gustos, preocupaciones y sueños cuando rodaba la pelota. ¿Quién eras vos en ese mundial?

Mi primer recuerdo de un Mundial es un cuarto oscuro, con cojines en el suelo y una pequeña televisión a color que mostraba un campo entapetado de confeti.  Era 1978, yo tenía 6 años y Argentina jugaba la final con Holanda. Del partido y sus protagonistas no recuerdo nada, pero, en los años siguientes, de la mano de un compañero que recibía cada semana la revista deportiva El Gráfico y se vestía con uniformes de River y Boca, me volví hincha de Argentina y de su genial zurdo, Diego Armando Maradona.

La generación anterior, la de mis padres, que había visto a Pelé y al Brasil del “jogo bonito” salir campeón desde Suecia hasta México, no era hincha de Argentina ni quería mucho a Maradona. Esto para mí, obviamente, era una razón de más para hacerle fuerza a la albiceleste y para entablar con los adultos apasionados debates sobre quién era el mejor jugador del mundo.  ¡Maradona, obvio!

En el 82, en pleno furor futbolístico, me perdí el Mundial de España en vivo por un viaje familiar a EE. UU., donde no transmitían la Copa del Mundo, y solo acepté ir con la condición de que me grabaran todos los partidos para verlos al regreso. Mis tíos, con una disciplina y un orden que aún hoy me sorprenden, cumplieron la promesa y apenas llegué del viaje me encerré durante una semana y media en su casa bogotana a ver el Mundial, cinta por cinta.  Por ese encierro futbolístico hoy, 43 años después, puedo recordar las nóminas, los goles y un montón de datos absolutamente triviales e inútiles de ese certamen. Mi equipo y mi ídolo tuvieron un pésimo mundial. La Argentina campeona del 78, con la adición del astro Maradona, llegaba de favorita, pero salió “bailada” por el Brasil de Zico, Sócrates, Junior y Falcao en segunda vuelta. En el segundo tiempo de ese partido, Diego fue expulsado por una patada bárbara a Batista que hoy en día lo dejaría por fuera de competición mínimo tres fechas.

México 86 fue el Mundial de Maradona, pero yo, que venía ya desanimado porque Argentina nos había mandado al repechaje en las eliminatorias, me sentí burlado y absolutamente decepcionado con la descarada mano que le metió a Inglaterra. Ni genialidad ni intervención divina. Trampa. Eso y la puesta en escena, repetida en este último Mundial, de la tragedia de Las Malvinas como gran gesta nacional y como acompañante del fervor argentino. Cuando Argentina invadió las Malvinas en Semana Santa de 1982 recuerdo que pregunté por los motivos de la acción militar y mi madre, que era afilada y descarnada en sus análisis, dijo: “Esa junta militar asesina está desesperada y va a hacer lo que sea por esconder sus crímenes y su incapacidad”. A la trampa del primer gol (que no se borra con la genialidad del segundo) se le sumó la manipulación de la guerra absurda inventada por los militares (con 649 argentinos muertos) para fines deportivos. Terminaba así mi luna de miel con Maradona y la selección argentina.  

Los 90 me permitieron ver a la selección Colombia en tres mundiales consecutivos con las genialidades, embarradas, salvadas y tragedias que nos suelen acompañar en nuestras gestas.  El Pibe y Rincón contra Alemania y Perea e Higuita contra Camerún en el 90.  Hagi, EE. UU. y el asesinato de Andrés en el 94 y otra vez Hagi esta vez con Beckham en Francia 98. Fuimos sorpresa, favoritos e irrelevantes. Esta también fue la década de la caída de Diego. Después de perder la final del 90 con Alemania, el “pelusa” entró en un espiral de escándalos de dopaje y consumo y de líos judiciales en Italia y Argentina que lo acompañarían hasta el final de sus días. Un héroe trágico que sigue alimentando leyenda y literatura.

Pienso en este último mundial y, después de la eliminación de Colombia que siempre es dolorosa, me concentro en la final. Ante una Argentina canchera, luchadora, pegadora y “Messi-dependiente” que revivió el asunto Malvinas no solo en la semi con Inglaterra -con trapo incluido-, sino en el grito de batalla del torneo “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo…”, se enfrentó una España colectiva, colaboradora, compacta, consistente, respetuosa del futbol y capitaneada por un Señor -con mayúscula- llamado Rodrigo Hernández Cascante.  Rodri no es la típica estrella de este mundo de influenciadores que desprecian las reglas e irrespetan al contrario.  Rodri no tiene redes sociales ni tatuajes y mientras iniciaba su carrera futbolística estudió Administración de Empresas. Su gran poder es la visión del campo completo y la capacidad de alinear y coordinar lo mejor de sus compañeros durante el partido.  No hace muchos goles ni sombreros ni caños, pero ha sido Balón de Oro, campeón de la Premier cuatro veces, una vez de la Champions, de la Eurocopa y hace una semana del Mundial. 

El técnico de los rojos es Luis de La Fuente un tipo tranquilo y sonriente quien después de quedarse sin trabajo en La Liga -18 meses desempleado- se presentó en el 2013 para liderar los procesos juveniles de la selección.  Esta España que solo recibió un gol en todo el campeonato y que despachó a Francia en la semifinal con elegante simpleza, más que un grupo de jugadores es un proceso. Eso suena aburridor, lo sé, pero que refrescante y emocionante que la disciplina, el amor por el juego, el respeto por las reglas y por el otro y la capacidad de cooperar sean los fundamentos del triunfo.

Recordaré este mundial porque, en un mundo desencuadernado y chanchullero (no voy a entrar en lo que pasó después del partido que fue una vergüenza), ganó una selección que representa valores e ideales en los que creo profundamente. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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