Creer en la humanidad

No creo en la caridad. Creo en la solidaridad. La caridad es muy vertical. Va de arriba hacia abajo. La solidaridad es horizontal. Respeta al otro.

Eduardo Galeano.

Hay una fila de gente. La verdad no es una fila, es una cadena que va pasando de mano en mano las donaciones que reunieron. La tarea es llevarlas desde el punto de recolección hasta el camión que llevará todo aquello hasta Chocó, para ayudar a paliar en parte la angustia de algunas de las víctimas del terremoto.

La conforman amigos, conocidos y desconocidos. Hay jóvenes, muchos; adultos y algunos niños. Se siente en el ambiente una emoción febril.

En otra parte de la ciudad, alguien, megáfono en mano, cuenta que allí se están recibiendo ayudas para enviarlas a otro sitio del país. En las cajas llenas, en el camión ya medio cargado, en la cantidad de personas que llegan como hormigas arrieras con su carga al hombro se adivina la respuesta positiva de la gente.

Leo que hubo filas de donantes en los bancos de sangre hasta superar las capacidades de estos. «Vuelvan mañana, que hoy ya no damos abasto», les piden. Y la gente vuelve al día siguiente. Veo una foto en Twitter de una camioneta con un mensaje escrito: se hacen acarreos gratis, porque hay gente que debe sacar de su casa inhabitable sus pertenencias y llevarlas de aquí para allá.

Retuiteo el mensaje de un ingeniero que se ofrece a revisar, sin cobrar, las casas de las personas que creen que sus estructuras están afectadas. Comparto por WhatsApp el mensaje de un grupo de médicos que ofrecen teleconsultas para aliviar a quienes no han podido recibir atención y, de paso, bajar la carga sobre las urgencias hospitalarias ya de por sí colapsadas. Me entero de que, mientras el Gobierno dice y se desdice sobre a qué rescatistas deja o no entrar al país, hay vecinos en cada ciudad afectada empecinados en levantar y remover escombros para intentar desenterrar vivos a quienes quedaron atrapados.

Pasó en Pereira, por ejemplo, la patria chica de mi papá, y recordé un estribillo que él cantaba de vez en vez: «Villa Olímpica haremos en Pereira, moviendo tierra tal como ayer, cuando a Colombia le entregamos Matecaña sin fuerza extraña que agradecer».

Hay gente organizándose para llevar ayudas adonde no ha llegado nadie, porque la desigualdad endémica en este país de países queda siempre en evidencia con las tragedias. Me cuentan que un futbolista mandó un avión lleno de ayuda y que un vendedor informal de bolsas de plástico llenó dos de ellas con alimento para mascotas y las llevó a un punto de acopio. Cada quien en la medida de sus posibilidades.

Claro que hay mezquindades, porque siempre habrá quien busca sacar beneficio para sí, desde vender pijamas, desenterrar una caja fuerte engañando a los rescatistas o mirar cómo le sirven a su narrativa política sus acciones y las de los otros; están los que se preocupan más por la foto de sí mismos ayudando que por la propia ayuda brindada. «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha», recomienda la Biblia que ha recuperado presencia recientemente.

Pero a mí, pesimista entre los pesimistas, me conmueve ver el esfuerzo solidario de ayudar a quien lo necesita. Veo, leo, oigo sus historias, sus tareas, lo que hicieron, lo que lograron sortear para llevar algo hasta donde se necesite. Yo, que creo firmemente que llevamos un camino sin retorno hacia el barranco, pienso que otra humanidad es posible; que otra sociedad está latente, pienso. Otra manera de estar juntos en el mundo yace ahí, a punto de salir.

Es al teólogo y filósofo francés Félicité Robert de Lamennais al que se le adjudica haber dicho que «la felicidad no solidariza a los hombres entre sí; más bien el sufrimiento despierta el amor y crea los lazos más fuertes». La historia le da la razón.

Y, sin embargo, tengo preguntas. Por qué ahora y no antes, por qué aflora en este momento la solidaridad que se reclama siempre y llega solo a veces. Adelanto y arriesgo una respuesta: este aluvión de solidaridad está exento de juicios y prejuicios, no son las víctimas “culpables” de nada.

Hay otros horrores ante los que el mundo es ciego, hay otros infiernos que no logran conmover, hay otras víctimas que, dirán algunos, tienen merecido serlo. ¿Será mucho pedir que la solidaridad se haga costumbre?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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